17 junio 2017

Humanismos. Eugenio Pucciarelli




Humanismos

Eugenio Pucciarelli


La heterogeneidad de los intereses de nuestra época, explica la divergencia de las orientaciones de los humanismo contemporáneos, pero no excluye la existencia de contactos y de ideas comunes. Cuatro marcos distintos -ciencia, religión, filosofía y política- permiten agrupar las direcciones humanistas de hoy, a la vez que facilitan a apreciación de sus diferencias. Estas resultan según que el interés se oriente hacia la búsqueda conocimiento objetivo, necesario, universal y demostrable, o que, en actitud de creencia, preste adhesión a misterio que envuelve a todas las cosas y que es opaco para la razón, o que se coloque a posesión crítica, desnude errores e ilusiones, combata prejuicios y persiga el saber total y la autonomía de la persona, o, finalmente, que trace programas de acción social y económica con la mira puesta en la transformación del mundo humano. Así se explica que haya cuatro direcciones de humanismo -el evolutivo (o científico), el integral (o cristiano), el existencialista (o filosófico) y el socialista (o marxista)- que se disputan hoy la preferencia.

En la segunda mitad del siglo XX nace el humanismo científico que según el biólogo Julián Huxley, se inspira en una nueva visión de la realidad, apoyada en experiencias de la ciencia, que no descartan la colaboración del arte y de la religión. Al fundarse en la comprensión del hombre y sus relaciones con el medio, no olvida que la evolución, que ha conducido hasta el presente, atraviesa hoy por la etapa psico-social y conduce a una nueva imagen acerca del destino del hombre. Propio de esta orientación es rechazar los dualismos y afirmar la triple unidad de mente y cuerpo, de lo material y lo espiritual, y de toda la humanidad, mas allá de la artificial separación de razas, lenguas y tradiciones.

Ofrece una concepción congruente del arte, la ciencia y la religión, en la medida en se trata de actividades que trascienden el trabajo material que asegura la subsistencia de la vida y facilitan una organización eficaz de la experiencia en formas integradas que desempeñan una alta función social.

El humanismo integral, en la versión que ofrece Jacques Maritain, ha de ser calificado como teocéntrico, aspira a atenerse a los preceptos del Evangelio y admite la existencia de verdades eternas y valores que trascienden al hombre y confieren sentido a su vida. Se esfuerza por no confinar la actividad humana en la círculos de la vida interior y del cultivo de la religión, porque se propone atender a las exigencias sociales que brotan de los campos de la economía y de la política. Le anima la convicción de que es posible transformar al hombre desde dentro, estimulando posibilidades que cada uno alberga en sí aunque normalmente suelen hallarse dormidas. Confía en modificar, a partir de este centro interior, las estructuras de la vida social, infundiendo en ellas los medios que brinda la espiritualidad cristiana.

Una misma confianza en la existencia de un orden espiritual situado más allá del mundo empírico, de donde brota todo sentido de la vida humana, otorga a cada hombre la condición de persona responsable de su destino. 

Opuesto en más de un aspecto fundamental, es el humanismo existencialista. Partiendo de una idea negativa del hombre, que subraya que los aspectos sórdidos de la existencia -angustia, náusea, soledad, desamparo, mala fe, viscosidad, desesperación-, Sartre se apresura a reconocer la existencia de todo soporte metafísico de los valores cuya realización habría de conferir sentido a la existencia humana. Les retira objetividad y, con mayor razón, eternidad, y lo hace en nombre de la negación de la existencia de Dios. El hombre, colocado ahora en el centro del universo, es una subjetividad de cuyas decisiones dependen verdades, valores y acciones, ya que se le reconoce al menos la posibilidad de elección en nombre de una libertad que si bien es un atributo positivo también es una condena. En medio de este páramo, el hombre resulta ser "lo que el mismo se hace" y, en tal carácter, puede ser definido como un "proyecto que se vive subjetivamente" y que, por lo mismo, está lanzado hacia el porvenir y resulta ser el único responsable de lo que es.

El hombre no es una sustancia, no una entidad con perfiles definitivamente definidos, ni una esencia que predetermina cada una de las fases de su realización, sino un proyecto y, como tal, una serie de empresas, al cabo de las cuales resulta ser el conjunto de sus actos. Es plenamente responsable de lo que hace y de lo que es, y no puede dejar en otros -Estado, Iglesia, sociedad, individuos- ni un ápice de la responsabilidad que le incumbe.

No han faltado teorizadores del humanismo socialista. Lejos de limitarse a proponer una nueva imagen del hombre, se han esforzado por contribuir activamente a crear las condiciones económicas y sociales que habrán de favorecer su advenimiento. La figura humana que emergerá al término de un áspero proceso de liberación, involucra la superación definitiva de las concepciones tradicionales. 

En esta orientación ideológica, la humanismo se concibe dentro de un contexto político y como aspecto solidario de la solución práctica que se propugna. Se afirma la imposibilidad de alcanzar el comunismo sin el humanismo y de realizar el humanismo sin el comunismo, y todo ello dentro de un marco naturalista. Allí donde el hombre no es más  que mero elemento de la naturaleza, sometido al juego implacable de necesidades fisiológicas, el mundo de la cultura queda reducido a la poco airosa condición de superestructura ideológica (por lo tanto, parcial y afecta de terror) y sus variaciones se conciben en función de los cambios que ocurren en el nivel subyacente de las relaciones de producción.

Sólo una revolución, promovida por el estrato menos favorecido de la comunidad, encaminada a socializar todos los medios de producción y centralizar la organización del trabajo y la distribución de sus frutos, estaría en condiciones de suprimir las desigualdades implícitas en la existencia de las clases sociales. En ese nuevo medio, creado por el régimen político de la dictadura del proletariado y abolida la explotación del hombre por el hombre, seria posible asegurar el ejercicio efectivo, y no meramente formal, de la libertad y, con ello, la expansión de la dignidad de la persona.




















Tomado de:
PUCCIARELLI, E. (1987): Los rostros del humanismo. Fundación Banco de Boston. Bs. As., pp. 42-47.

13 junio 2017

Hacia una lectura transaccional. María E. Dubois


Loise Rosenblatt (1904-2005)

Hacia una lectura transaccional  

María Eugenia Dubois 



No es ninguna novedad afirmar que una considerable cantidad de estudiantes ingresa a los liceos y universidades con grandes carencias en lo que respecta a la comprensión de la lectura y también a la expresión escrita. El bajo rendimiento estudiantil está asociado, sin ninguna duda, al hecho de que los alumnos no comprenden los textos que leen ni escriben con la suficiente coherencia y corrección a la hora de desarrollar un tema. Se discute mucho desde hace años sobre el particular, todos los profesores muestran gran preocupación ante el problema, pero éste no sólo no parece encontrar una vía de solución sino que amenaza profundizarse cada vez más. 

Se hace necesario entonces revisar las nuevas teorías sobre lectura para ver si se encuentra en ellas alguna guía que permita orientar de manera más exitosa la gestión docente, por lo menos en esa área. 

Se ha de tomar aquí como ejemplo para ese análisis la concepción más reciente, la teoría transaccional de Louise Rosenblatt. Hay tres puntos en está teoría que merecen destacarse por las posibles consecuencias pedagógicas que pudieran derivarse de ellos. El primero se refiere a la concepción misma de “transacción”, el segundo a la “atención selectiva” y el tercero al “problema de la intención”. Se tratarán brevemente cada uno de estos puntos, luego se harán algunas reflexiones en torno a lo que se puede inferir de ellos para el quehacer pedagógico. 

Rosenblatt, basándose en la obra de Dewey y Bentley Corntley, sustituye el término “interacción”, para referirse a la relación entre el lector y el texto, por el de “transacción”, considerando que el primero está ligado al modelo mecanicista de la física clásica y, por consiguiente, contiene la idea de separación entre sujeto y objeto. Transacción, en cambio, designa un tipo de relación en la cual “cada elemento o parte es visto como los aspectos o fases de una situación total”. 

Está transacción define para Rosenblatt no sólo el acto de lectura, sino también el de escritura. El primero es un suceso particular en el tiempo que reúne un lector y un texto particular en circunstancias también particulares. En el proceso de transacción lector y texto son mutuamente dependientes y de su interpenetración recíproca surge el sentido de la lectura. En cuanto a la escritura es también “un suceso en el tiempo, que ocurre en un momento particular en la biografía del escritor, en circunstancias particulares, bajo presiones particulares, tanto externas como internas”. En suma, tanto el lector como el escritor transactúan, no sólo con el objeto de la transacción –el texto que está siendo leído o producido– sino también con el medio cultural, social y personal. 

Un segundo punto a destacar es el énfasis que pone Rosenblatt sobre la forma en que los factores sociales y personales entran en la situación de lectura para condicionar la selección de la atención. “El lector trae al texto la 'suma' internalizada, la acumulación o memoria de pasados encuentros internos, orgánicos con el lenguaje y el mundo. En la lectura, las palabras del texto se puede decir que transactúan con elementos de la memoria que excitan estados internos ligados a las palabras, estados que rodean no solamente los referentes públicos u objetos a los cuales apuntan los símbolos verbales, sino también los aspectos personales, sensitivos, afectivos, imaginativos y asociativos. Así, la evocación del significado del texto requiere una selección del reservorio de pensamiento y sentimiento. 'Atención selectiva' es el nombre escogido por William James para esta aceptación de algunos elementos en el centro de la atención y la relegación de otros a la periferia de la conciencia”. 

La atención selectiva del lector conduce a la adopción, consciente o inconsciente, de dos posturas diferentes frente al texto, la estética y la eferente. Cuando el lector adopta la primera permanece absorto en lo que piensa y siente, en lo que vive a través y durante el acto de lectura. En la postura eferente, en cambio, la atención del lector está centrada en lo que “se lleva”, en lo que retiene después de leer un texto. Rosenblatt advierte, sin embargo, que ambas posturas constituyen los extremos de un continuum y que la adopción de una de ellas, en forma predominante, no excluye la posibilidad de pasar a la otra durante la lectura de un mismo texto. 

En tercer lugar, es importante tomar en cuenta lo que Rosenblatt denomina el “problema de la intención”, es decir, “el problema de la relación entre la interpretación del lector y la probable intención del autor”, creado por el hecho de que “no hay un significado absolutamente correcto en el texto”. Sin embargo, esto no implica un completo relativismo, sino tan sólo la posibilidad de admitir interpretaciones alternativas sobre la base de criterios de validez compartidos. Rosenblatt enfatiza la necesidad de “hacer explicitas las suposiciones subyacentes” lo cual “proporciona la base no sólo para el acuerdo sino también para comprender las fuentes tácitas de desacuerdo” respecto de la interpretación. 

Estos tres puntos están señalando aspectos vitales del proceso de lectura y de la relación profesor-alumno, que han sido descuidados o ignorados hasta ahora, y que de tomarse en cuenta podrían, quizá, producir cambios fundamentales tanto en la labor académica de los profesores como en la de los estudiantes. 

Con relación al segundo punto, hay dos elementos a destacar como importantes y que, además, se vinculan directamente con la lectura. El primero es el que se refiere al peso que tienen los factores sociales y personales en el proceso de transacción. Estos últimos, en especial, difícilmente son tomados en cuenta cuando se trata de evaluar el comportamiento del estudiante frente a la lectura, mucho menos aún, cuando se trata de evaluar cómo se comporta en general en cuanto a su desempeño académico. Evaluar se torna aquí en el sentido de hacer un juicio en relación con el progreso o no en el aprendizaje del alumno. 

La creación de un clima de comprensión, aceptación y estímulo en las aulas universitarias podría contribuir a elevar el rendimiento estudiantil. En todo caso, los profesores de educación no tendrían que desestimar la importancia de las relaciones humanas para efectuar un trabajo de conjunto, que eso es, después de todo, lo que significa una cátedra. 

En la lectura, hay que tener presente el papel esencial que juegan en la transacción los aspectos “afectivos, imaginativos y asociativos” del lector para comprender la reacción de éste frente al texto, de ese modo se estará en condiciones de ayudar al estudiante a trabajar sobre su respuesta para afianzarla, cuestionarla o transformarla en algo nuevo. 

Otro elemento sobre el cual es necesario llamar la atención es el que tiene que ver con la adopción, por parte del lector, de una postura eferente o estética. Es cierto que el estudio, en el ámbito universitario, exige un predominio de la postura eferente frente al texto, pero eso no implica que sea la única a tomar en cuenta. Un informe científico también puede hacer “sentir” cuando deslumbra con la lógica de su razonamiento o desafía con la audacia de sus hipótesis. Sin embargo, raras veces los profesores dan cabida a la postura estética cuando comentan el trabajo de un autor con los alumnos. Si se demuestra a los estudiantes que además de centrar la atención en lo que se quiere “llevar después” también se puede centrarla en lo que se “siente” y se “vive” mientras se lee, tal vez se los ayudaría a reflexionar sobre qué es en verdad esa actividad compleja y misteriosa que se llama “leer”. 

Es crucial tomar en cuenta el “problema de la intención” en la teoría de Louise Rosenblatt, porque en él radican, quizás, muchas de las dificultades que surgen en el área de la lectura. 

Es muy difícil para los profesores, acostumbrarse a no rechazar de plano las interpretaciones alternativas que no coinciden con la que se considera “correcta” y a tratar, en cambio, de analizar hasta qué punto pueden satisfacer ciertos criterios mínimos de validez o, lo que es aún más importante, tratar de descubrir cuáles son las fuentes del error. 

Desde el punto de vista docente, antes que la interpretación en sí, debería cobrar relevancia el proceso por el cual el lector ha llegado a la misma. Comprender ese proceso y hacérselo comprender al alumno para que él pueda rectificar lo que interpretó, a sabiendas de cómo y por qué lo ha hecho, debería ser la meta de la función académica. 






Tomado de:
DUBOIS, M. Eugenia: "Las teorías sobre la lectura y la educación superior" En: Revista Lectura y Vida n°3, FAHCE,UNLP. 

07 junio 2017

¿Qué es un autor? Michel Foucault




¿Qué es un autor?

Michel Foucault


Creo que el siglo XIX en Europa produjo un tipo de autor singular que no debe ser confundido con los "grandes" autores literarios, o los autores de textos religiosos canónicos y los fundadores de las ciencias. De manera algo arbitraria, podríamos llamarlos "iniciadores de prácticas discursivas".

La contribución distintiva de estos autores es que produjeron no sólo su propia obra, sino también la posibilidad y las reglas de formación de otros textos. En este sentido, su rol difiere completamente de aquel novelista, por ejemplo, quien, básicamente, nunca es más que el autor de su propio texto. Freud no es simplemente el autor de La interpretación de los sueños o de El chiste y su Relación con lo Inconsciente, y Marx no es simplemente el autor del Manifiesto Comunista o El Capital: ambos establecieron la infinita posibilidad del discurso.

Obviamente, puede hacerse una fácil objeción. El autor de una novela puede ser responsable de algo más que su propio texto; si él adquiere alguna "importancia" en el mundo literario, su influencia puede tener ramificaciones significativas. Para tomar un ejemplo muy simple, podría decirse que Ann Radclife no escribió simplemente Los Misterios de Udolfo y algunas otras novelas, sino que también hizo posible la aparición de Romances Góticos a comienzos del siglo XIX. En esta medida, su función como autora excede los límites de su obra.

Sin embargo, esta objeción puede ser refutada por el hecho de que las posibilidades reveladas por los iniciadores de prácticas discursivas (usando los ejemplos de Marx y Freud, quienes, creo, son los primeros y los más importantes) son significativamente diferentes de aquellas sugeridas por los novelistas. Las novelas de Ann Radclife pusieron en circulación un cierto número de semejanzas y analogías pautadas en su obra, varios signos, figuras, relaciones y estructuras que podían ser integradas a otros libros. En pocas palabras, decir que Ann Radclife creó el Romance Gótico significa que hay ciertos elementos comunes a sus obras y al romance gótico del siglo XIX: la heroína arruinada por su propia inocencia, la fortaleza secreta que funciona como ciudad paralela, el héroe proscrito que jura venganza al mundo que lo ha excomulgado, etc.

Por otro lado, Marx y Freud, como "iniciadores de prácticas discursivas", no sólo hicieron posible un cierto número de analogías que podían ser adoptadas por textos futuros, sino que también, y con igual importancia, hicieron posible un cierto número de diferencias. Abrieron un espacio para la introducción de elementos ajenos a ellos, los que, sin embargo permanecen dentro del campo del discurso que ellos iniciaron.

¿No es éste el caso, sin embargo, del fundador de cualquier ciencia nueva o de cualquier autor que exitosamente transforma una ciencia existente? Después de todo, Galileo es indirectamente responsable de los textos de aquellos quienes mecánicamente aplicaron las leyes que él formuló; además de haber preparado el terreno para la producción de afirmaciones muy diferentes a las suyas.

Superficialmente entonces, la iniciación de prácticas discursivas parece similar a la fundación de cualquier empresa científica, pero creo que hay una diferencia fundamental.

En un programa científico, el acto fundacional se encuentra en pie de igualdad con sus futuras transformaciones: es meramente una entre las muchas que hace posible. Esta interdependencia puede adoptar distintas formas. En el desarrollo futuro de una ciencia, el acto fundacional puede parecer poco más que una única instancia de un fenómeno más general que ha sido descubierto. Podría ser cuestionado, en forma retrospectiva, por ser demasiado intuitivo o empírico, y sometido a los rigores de nuevas operaciones teóricas, a los efectos de situarlos en un ámbito formal.

Finalmente, podría considerarse una generalización precipitada cuya validez debería ser restringida. En otras palabras, el acto fundacional de una ciencia puede ser siempre recanalizado a través de la maquinaria de transformaciones que ha instituido. Por otro lado, la iniciación de una práctica discursiva es heterogénea con respecto a sus transformaciones ulteriores.

Ampliar la práctica sicoanalítica, tal como fuera iniciada por Freud, no es conjeturar una generalidad formal no puesta de manifiesto en su comienzo; es explorar un número de ampliaciones posibles. Limitarla es aislar en los textos originales un pequeño grupo de proposiciones o afirmaciones a las que se les reconoce un valor inaugural y que revelan a otros conceptos o teorías freudianas como derivados. Finalmente, no hay afirmaciones "falsas" en la obra de estos iniciadores; aquellas afirmaciones consideradas inesenciales o "prehistóricas", por estar asociadas con otro discurso, son simplemente ignoradas en favor de los aspectos más pertinentes de su obra.

La iniciación de una práctica discursiva, a diferencia de la fundación de una ciencia, eclipsa y está necesariamente desligada de sus desarrollos y transformaciones posteriores. En consecuencia, definimos la validez teórica de una afirmación con respecto a la obra del iniciador, mientras que en el caso de Galileo o Newton, está basada en las normas estructurales e intrínsecas establecidas en Cosmología o Física. Dicho esquemáticamente, la obra de estos iniciadores no está situada en relación con la ciencia o en el espacio que ésta define; más bien, es la ciencia o la práctica discursiva que se relaciona con sus obras como los puntos primarios de referencia.

De acuerdo con esta definición, podemos entender por qué es inevitable que los practicantes de tales discursos deban "regresar al origen". Aquí, además, es necesario distinguir el "regreso" de los "redescubrimientos" o las "reactivaciones científicas". "Redescubrimientos" son los efectos de la analogía o el isomorfismo con formas actuales del conocimiento que permiten la percepción de figuras olvidadas u ocultas. "Reactivación" se refiere a algo muy diferente: la inserción del discurso en ámbitos totalmente nuevos de generalización, práctica y transformaciones.

La frase "regresar a", designa un movimiento con su propia especificidad, que caracteriza a la iniciación de prácticas discursivas. Si regresamos, es debido a una omisión básica y constructiva, una omisión que no es el resultado de un accidente o incomprensión.

En efecto, el acto de iniciación es tal, en su esencia, que está inevitablemente sujeto a sus propias deformaciones; aquello que expone este acto y deriva de él es, al mismo tiempo, la raíz de sus divergencias y parodias. Esta omisión deliberada debe estar regulada por operaciones precisas que pueden ser situadas, analizadas y reducidas a un regreso al acto de iniciación.


S. Freud y K. Marx. El regreso a un texto es un medio efectivo
 y necesario para transformar la práctica discursiva:. un
 reexamen de los libros de Freud o Marx puede transformar 
nuestra interpretación del psicoanálisis o del marxismo.


La barrera impuesta por la omisión no fue agregada desde el exterior; se origina en la práctica discursiva en cuestión, la que le aporta su ley. Tanto la causa de la barrera como el medio para su remoción -esta omisión- (también responsable de los obstáculos que impiden regresar al acto de iniciación) sólo pueden ser resueltos por medio de un regreso. Además, se trata siempre de un regreso al texto en sí mismo, específicamente, a un texto primario y sin ornamentos, prestando particular atención a aquellas cosas registradas en los intersticios del texto, sus espacios en blanco y sus ausencias. Regresamos a aquellos espacios vacíos que han estado cubiertos por omisión u ocultos en una plenitud falsa y engañosa.

En estos redescubrimientos de una carencia esencial, encontramos la oscilación de dos respuestas características: "Esta observación ha sido hecha, no puede evitar verla si sabe leer", o a la inversa, "No, esa observación no está hecha en ninguna de las palabras impresas en el texto, pero está expresada a través de las palabras, en sus relaciones y en la distancia que las separa". De ello resulta naturalmente que este regreso, que es una parte del mecanismo discursivo, introduce modificaciones constantemente y que el regreso a un texto no es un suplemento histórico que se adheriría a la discursividad primaria y la redoblaría bajo la forma de un ornamento que después de todo, no es esencial. Es más bien un medio efectivo y necesario para transformar la práctica discursiva. Un estudio de las obras de Galileo podría alterar nuestro conocimiento de la historia, pero no de la ciencia de la mecánica, mientras que un reexamen de los libros de Freud o Marx puede transformar nuestra interpretación del psicoanálisis o del marxismo.

Una última característica de estos regresos es que tienden a reforzar el vínculo enigmático entre un autor y sus obras. Un texto tiene un valor inaugural precisamente porque es la obra de un autor particular y nuestros regresos están condicionados por este conocimiento. El redescubrimiento de un texto desconocido de Newton o Cantor no modificará la cosmología clásica o la teoría de grupos; a lo sumo, cambiará nuestra apreciación de sus génesis históricas. Sin embargo, sacar a la luz Esquema del Psicoanálisis, a tal punto que lo reconozcamos como un libro de Freud, puede transformar no sólo nuestro conocimiento histórico sino también el campo de la teoría sicoanalítica, ya sea solamente a través de un cambio en la focalización o a nivel medular. Estos regresos, componentes importantes de las prácticas discursivas, construyen una relación entre autores "fundamentales" y mediatos, que no es idéntica a aquella que liga un texto ordinario a su autor inmediato.

Desafortunadamente, hay una decidida ausencia de proposiciones positivas en este ensayo ya que se refiere a procedimientos analíticos o directivas para investigaciones futuras, pero debo al menos dar las razones por las cuales atribuyo tanta importancia a la continuación de este trabajo. Desarrollar un análisis similar podría proveer la base para una tipología del discurso. Una tipología de esta clase no puede ser entendida adecuadamente en relación con los rasgos gramaticales, las estructuras formales y los objetos del discurso ya que indudablemente existen propiedades discursivas específicas o relaciones que son irreductibles a las reglas de la gramática y de la lógica y a las leyes que gobiernan los objetos.
Estas propiedades requieren investigación si esperamos distinguir las grandes categorías del discurso. Las diferentes formas de relaciones (o la ausencia de éstas) que un autor puede asumir son evidentemente una de estas propiedades discursivas.

Esta forma de investigación podría también permitir la introducción de un análisis histórico del discurso. tal vez ha llegado la hora de estudiar no sólo el valor expresivo y las transformaciones formales del discurso sino su modo de existencia: las modificaciones y variaciones, dentro de cualquier cultura, de los modos de circulación, valorización, atribución y apropiación. En parte a expensas de los temas y conceptos que un autor ubica en su obra, el "autor-función" podría también revelar la manera en que el discurso es articulado sobre la base de las relaciones sociales.

¿No es posible reexaminar, como una extensión legítima de este tipo de análisis, los privilegios del sujeto? Claramente, al emprender un análisis interno y arquitectónico de una obra (tanto sea un texto literario, un sistema filosófico o un trabajo científico) y al delimitar referencias sicológicas y biográficas, surgen sospechas concernientes a la naturaleza absoluta y al rol creativo del sujeto. Pero el sujeto no debería ser abandonado por completo. Debería ser reconsiderado, no para reestablecer el tema de un sujeto originador, sino para captar sus funciones, su intervención en el discurso y su sistema de dependencias. Deberíamos suspender las preguntas típicas: ¿cómo un sujeto aislado penetra la densidad de las cosas y las dota de significado? ¿Cómo cumple su propósito dando vida a las reglas del discurso desde el interior?

Más bien, deberíamos preguntar: ¿bajo qué condiciones y a través de qué formas puede una entidad como el sujeto aparecer en el orden del discurso? ¿Qué posición ocupa? ¿Qué funciones exhibe? y ¿qué reglas sigue en cada tipo de discurso? En pocas palabras, el sujeto (y sus sustitutos) debe ser despojado de su rol creativo y analizado como una función, compleja y variable.

El autor, o lo que he llamado "autor-función", es indudablemente sólo una de las posibles especificaciones del sujeto y, considerando transformaciones históricas pasadas, parece ser que la forma, la complejidad, e incluso la existencia de esta función, se encuentran muy lejos de ser inmutables. Podemos imaginar fácilmente una cultura donde el discurso circulase sin necesidad alguna de su autor. Los discursos, cualquiera sea su status, forma o valor, e independientemente de nuestra manera de manejarlos, se desarrollarían en un generalizado anonimato.

No más repeticiones agotadoras. "¿Quién es el verdadero autor?" "¿Tenemos pruebas de su autenticidad y originalidad?" "¿Qué ha revelado de su más profundo ser a través de su lenguaje?". Nuevas preguntas serán escuchadas: "¿Cuáles son los modos de existencia de este discurso?" "¿De dónde proviene? ¿Cómo se lo hace circular? ¿Quién lo controla?" "¿Qué ubicaciones están determinadas para los posibles sujetos?" "¿Quién puede cumplir estas diversas funciones del sujeto?". Detrás de todas estas preguntas escucharíamos poco más que el murmullo de indiferencia: "¿Qué importa quién está hablando?"







Tomado de:
FOUCAULT, Michel (1969): “¿Wath is an author?”. En: HAZARD, Adams y LEROY, Searle (eds.) (1966): Critical Theory since 1965,  Florida State UP, Tallahassee, pp. 138-148.

03 junio 2017

Escritoras en La Ventana. L. Demitrópulos




Escritoras en La Ventana

Libertad Demitrópulos


1

"En mis poemas la muerte era mi amante y mi amante era la muerte" Alejandra Pizarnik buscó el amor absoluto y lo encontró. Para cumplir con ese sueño tuvo que morir. Lo buscó en la lucidez de la locura y en la sinrazón de la razón. Su impaciencia por alcanzarlo estalló. De pronto se encontró en el límite de lo poético: a partir de allí, toda palabra sería una palabra demás ¿Quién sabrá jamás la medida de ese dolor desesperado que sólo podía ser aniquilado en el amor absoluto? Ese amor se encarnó en la muerte y, ya sin tiempo par esperarla, marchó hacia ella por su propia voluntad y por la intensidad de su deseo. Fue una noche de 1972 y tenía 33 años.

Pero antes de tomar esa determinación Alejandra escribió: "Pierdo la razón su hablo/pierdo los años si callo" ¿Por qué dijo esto? Porque se trata de una escritura que se axhibe como cuerpo a la vez que su cuerpo es dibujado como texto. no se puede negar que discriminación y violencia están relacionadas con la posibilidad de expresión de la mujer. Soledad, aislamiento, marginación, esterilidad. locura y suicidio aparecen como signos recurrentes en las biografías de un gran número de escritoras sin contar las vocaciones frustradas. "Vidrio frío/cómo te insertas/entre mi misma y mi misma" dice Sylvia Plath para asegura que existe un nexo físico entre escritura, cuerpo y existencia humana de una mujer. El malestar y las dificultades que debieron enfrentar entre su condición de mujeres y de creadoras acarrearon el sucicidio de Safo, Sylvia Plath, Virginia Wolf, Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik, Elba de Lóizaga. Gloria Ghisalberti, Delmira Agustini (entre tantas otras) y evidencian dramáticamente cómo la escritura puede devorar la existencia humana de una mujer. Durante mucho tiempo el silencia constituyó un espacio de resistencia. lo que impone temor genera silencio, El "no decir" del que habla Sor Juana Inés de la Cruz a quien su obispo de impidió ejercer la palabra escrita. Y Octavio Paz en Las Trampas de la fe asegura que Góngora es un poeta de imágenes en tanto que Sor Juana es una poeta de conceptos. ¿Es posible decir esto de una mujer? La mujer ha sido mirad siempre como un ser irracional. Puede ser histérica pero no racional. Lo conceptual proviene de la cabeza, no del vientre. Como Minerva que no nació de madre sino de la cabeza de Zeus, así Sor Juana es reivindicada por Ocatvo Paz como el padre de los escritores mexicanos: Son Juana debe ser varón o no será nada. 
(20 de octubre de 1996)

2

En su poema "Palabras a mi madre" ella le pregunta si cuando fue gestada "la luna estaba paseándose por el patio en flor de San Juan" y si después, cuando su madre la llevaba en su seno, ella se adormecía escuchando "el ronco mar sonoro". Con lo que Alfonsina Storni sugiere que ya iba adentro de su madre durante el viaje de placer que la familia hiciera a Europa, aunque su nacimiento haya sido registrado en mayo de 1882 en Salla Capriasca, pequeña aldea del cantón Ticcino (Suiza). A su regreso y en su momento adoptó la ciudadanía argentina. Instalada con su familia en la provincia cuyana allí aprendió a leer y a escribir. Luego marchó a estudiar en la Escuela Normal de Coronda.

Con su título de maestra rural y un hijo llegó a Buenos Aires donde la vida se le presenta dura y el único trabajo que consigue es como empleada de la casa Freixas Hnos. Allí entre cilindros de yerba y letras de aceite, con un fondo de máquinas de escribir, fue escribiendo "La inquietud del rosal", su primer libro, que data de 1916. Dedicada de lleno a la educación y a la literatura deja aquel trabajo para dar clases en el Teato infantil Labarden y en el Conservatorio Nacional de Música y Declamación donde enseña arte escénico. Luego vendrán los otros libros "El dulce daño", "Irremediablemente", "Languidez". Como mujer , y a raiz de sus versos, empieza a ser cuestionada por las señales incandescentes que deja traslucir y que se afirmarán en sus último libros. Los primeros desde "La inquietud del rosal" hasta "Ocre" extraen una poesía al servicio de la vida. Los que van desde "Mundo de siete pozos" hasta "Mascarilla y Trébol" es la poesía la servicio de la poesía.

Fue considerada una poeta erótica y ella considera que eso es una confusión respecto de la calidad. María de Villarino habla de su "porfiada femineidad" que no es sólo un problema individual sino social. 

Personalmente creo que sus "Antisonetos" son del más alto vuelo que haya alcanzado la poesía de una mujer en nuestro país. Acosada por los sufrimientos puso fin a su vida arrojándose al mar en 1938. Tenía 46 años.
(1 de junio de 1997)

3

Ledesmense como Raúl Galán, como José Murillo, como quien esto escribe, Carmele Ricotti es una referente del mundo mágico jujeño que ella considera real. Ese mundo le permite contar la historia colectiva e individual, de donde resulta que esa realidad maravillosa que ella observa y transmite deja de estar cristalizada. Esto ocurre en sus cuentos históricos presentes en las costumbres, en sus cuentos cotidianos que repiten acciones ancestrales, en el misterio, la violencia y la inocencia de la gente, también en la lucha cotidiana para sobrevivir en la aldea global que es la actual Jujuy.

Las contradicciones que desde el inicio de nuestra literatura plantearon "El Matadero" y el "Facundo" continúan sin resolverse. Y escritores silenciosos como Carmela Ricotti van buscando su camino con solo escuchar y valorizar -sin folklorismos- las voces del pueblo en donde ha nacido. Carmela es el diminutivo de Carmen en italiano y Carmen es la palabra latina que significa "poesía". La Ricotti se la puso en las espaldas y con ella va a travesando el mundo (8 de febrero de 1998)



La Ventana, sección de notas de Libertad Demitrópulos en suplemento Pregón Literario de Jujuy.

Continuará

20 mayo 2017

Exilio: lengua, escritura, literatura. Jose L. De Diego



Exilio: lengua, escritura, literatura

José Luis De Diego


¿Cómo se procesa la experiencia del exilio a través de esa otra experiencia, la de la escritura?. Si cuando se habla de la experiencia histórica del exilio se admite que se pudo haber sido exiliado sin haber salido del país -el llamado ”exilio interior”-, de allí se deriva que no sólo es exiliado quien ha debido atravesar las fronteras de la propia tierra; pero si se pone en relación la noción de exilio con la de escritura, el uso metafórico suele desplazar aun más al literal. Se trata de una versión, digamos, laica y profesional, del exilio religioso. Para Kolakowski, el exilio de la escritura es una consecuencia del anterior: “La creación es hija de la inseguridad, de aquella clase de exilio, de la experiencia del hogar perdido”. Su formulación canónica se encuentra en la frase tantas veces citada de T. W. Adorno: “Quien ya no tiene ninguna patria, halla en el escribir su lugar de residencia”. Juan Martini es aun más explícito: “El escritor es siempre un exiliado (...). Escribir es la primera forma del exilio”. De manera que para algunos tener que irse del país era sentirse doblemente exiliado -de la tierra y de la lengua-; para otros, era simplemente un tránsito por una suerte de ‘estado natural’: si el escritor es siempre un exiliado, a la literatura poco le importa dónde un texto fue escrito. Así, en ciertos casos, la experiencia del exilio tiene como consecuencia la esterilidad creativa; en otros, funcionó como un acicate para repensar su producción y renovar su escritura.


Decíamos al comienzo que la identificación entre tierra y lengua viene de lejos, y será un tópico recurrente en los intelectuales exiliados. Arnoldo Liberman -quien dirigiera los primeros números de El Escarabajo de Oro junto a Abelardo Castillo-, exiliado en España, recupera un texto de Sigmund Freud en carta a su hija Anna: “Los infortunios políticos sufridos por la nación (judía) le enseñaron a valorar debidamente el único bien que le quedó: su Escritura”. “¿Hasta qué punto”, se pregunta Gerardo M. Goloboff, “no debía también a mis orígenes judíos esa veneración por el lenguaje, por las lenguas y, seguramente, el respeto por la escritura y por el libro?”. Reiteramos la cita de Kolakowski: “para los pueblos del Libro, tanto judíos como cristianos, el exilio es sin duda la condición normal e inevitable de la humanidad sobre la tierra”. En efecto, la sensación de condición normal e inevitable reconoce dos orígenes: uno, histórico -los numerosos casos de pueblos, como el judío, y escritores exiliados-; otro, consecuencia del primero, la recurrente identificación tierra/lengua; no serán, por lo tanto, sólo escritores de origen judío quienes se reconozcan en esa identificación:


No me siento extranjero en Argentina, ni en México, ni en cualquier otro lugar. Como dijo alguno, acá abajo la patria más importante es la vida. Extranjera es la poesía. (...) -Tu producción se ensancha en el exilio y sobre ese tema; es una marca ya de tu poesía. -Perdoname lo sentencioso: la poesía es puro exilio (Juan Gelman)


Pero si el exilio es una condición normal e inevitable para el escritor, ya que toda escritura es exilio, el problema central se planteará, en tanto escritor, en su relación con la/s lengua/s. El efecto en el escritor exiliado es doble: un primer momento de extrañamiento ante la lengua foránea; un segundo momento en que, a medida que se naturaliza el uso de la segunda lengua, se comienza a extrañar la propia, se desnaturaliza: 


El bilingüismo me hizo adquirir una extraña conciencia lingüística: me había vuelto hablante y escucha a la vez, escucha de mí misma. La lengua extranjera se alzaba a cada momento como una evidencia material, un bloque entre la realidad y yo. Y lo mismo empezó a pasarme con mi propia lengua, que era objeto de observación en la intimidad y de juego con los amigos. ¿Qué era eso que se resistía a la pura comunicación? (Cristina Siscar)


Yo estaba en Italia y el italiano es un idioma dulce, suave, flexible, que se te mete en la oreja. Para contrarrestar esta situación escribí una serie de sonetos en lunfardo romano;... (Juan Gelman)


Sin embargo, como dice Martini, “en ningún país se es más extranjero que en aquel país en el que los usos de una misma lengua son diversos”, y la mayoría de los testimonios da cuenta de esa suerte de estrabismo lingüístico que implica habitar un país en el que se habla, de otro modo, la propia lengua; para un escritor, entonces, el mayor extrañamiento se produce no ante una lengua foránea, sino ante un uso diferente de la propia:


Durante años estuve escribiendo “en argentino” como una manera de ejercitar la memoria. Con la posibilidad del regreso, esa memoria se estaba transformando en presente. La escritura salía a la luz del día. Uno podía reconocerse en ella, porque uno era su lengua, su idioma, las entonaciones del habla familiar. Al irse, al dejar el país, uno pierde ese contacto cotidiano. El mismo idioma de pronto es otro. Entonces, sólo entonces, se percibe el extrañamiento del exilio (Pedro Orgambide)




Juan Gelman (1930-2014) y Pedro Orgambide (1929-2003)


De inmediato, en un exilio español, comienzan a incrustarse en la lengua coloquial voces como cerillas y mecheros, melocotones y albaricoques, gabardinas y gafas. Y, como también se sabe, no son lo mismo un fósforo y una cerilla, un durazno y un melocotón, una gabardina y un impermeable. (...) El español traducido al español. El castellano traducido al castellano. El lenguaje de los españoles traducido al lenguaje de los argentinos. Sobre el lenguaje de los argentinos considerado como una jerga o un argot portuario y desleído. (...) Vivir en Barcelona es vivir en una módica Babel donde todas las lenguas son el español. (Juan Martini)


En España era difícil escribir, entre otras cosas de orden práctico, jurídico o anímico, porque las palabras, aunque eran las mismas, significaban cosas distintas, tenían otra historia y sobre todo sonaban de otra manera. Porque las palabras, como la patria, son la infancia, se apoyan en ella para poder sonar y significar en niveles profundos. Después están las diferencias entre el español peninsular y el de América. Si yo hubiera vivido mi exilio en Alemania, al aprender la palabra “Kartoffeln” nombraba las papas y ahí acababa la cosa. En España no es así, basta entrar en una ferretería por ejemplo y tratar de comprar algo, decir pinzas, o alicates, o tornillo por ejemplo: todo cambia de nombre y el caos es total (Daniel Moyano)

En otros casos, como en el testimonio de Blas Matamoro, el cruce de usos de la misma lengua se verá como positivo y sin demasiadas aristas conflictivas:


Me enriqueció mucho en lo que se llama “competencia lingüística”. Me ha dado más palabras, más vocabulario, más posibilidades de elegir. De pronto hay palabras argentinas que no me gustan y pude reemplazar por su equivalente en español. A mí, personalmente, eso me permitió terminar con algunas construcciones viciosas y algunos galicismos que tenemos los argentinos. 


Ahora bien, más allá de los testimonios en uno u otro sentido, es interesante observar hasta qué punto esa incidencia de la lengua foránea o de los diversos usos de la lengua propia produjeron alteraciones en la escritura, modificaciones en el procesamiento de la experiencia, formas híbridas en las que conviven y se fusionan expresiones propias y ajenas, o formas nuevas en que lo propio y lo ajeno terminan por neutralizarse. Cuando Augusto Roa Bastos afirma que “el lenguaje cambia: yo hablo y escribo en el lenguaje del exilio, no en el lenguaje del Paraguay”, admite la existencia de una nueva lengua que ya no reconoce -no puede reconocer- una marca de origen.


¿De qué manera la experiencia del exilio modificó -no ya la escritura misma-sino la práctica de la escritura?. Como en otros casos, aquí también estamos lejos de encontrar una respuesta unánime. Por un lado, algunos escritores dan cuenta de un efecto de parálisis, como si la experiencia traumática requiriera un tiempo doble: de un lento procesamiento de la experiencia propia y de una progresiva adaptación a la nueva realidad; recién entonces reaparece la escritura: 


Jujuy es un anclaje. Recuerdo cuando partí al exilio en España en 1976. Fue dramático. No podía escribir. Estuve cinco años sin poder escribir. El exilio es un empujón inaceptable. Uno piensa, ¿por qué yo me tengo que ir, mientras que esos h... de p... se van a quedar? Para escribir uno necesita un anclaje, y sobre todo necesita tiempo (Héctor Tizón)


Me costaba escribir. Fui espaciando muchísimo mis poemas. La poesía española no me estimulaba a escribir. Buscaba libros de poetas latinoamericanos y casi no encontraba nada, de argentinos ni hablar (Horacio Salas)


En mi caso particular, después de un necesario retraso en la parición, consecuencia de un cambio de querencia, he retomado mi ritmo de trabajo. (...) Al llegar aquí a México hubo muchos motivos, físicos, económicos, anímicos, de preocupación, de angustia, que hicieron que el trabajo se demorara; y esto duró casi un año (Humberto Costantini)


Llegué a Madrid en 1976 con toda la familia y toda la casa, porque vine en barco. Durante cinco años no pude escribir. (...) La detención, luego la salida del país, el miedo, me habían dejado adormecido. Las cosas que escribí los primeros años del exilio eran todas historias de violencia, pesadillas. En realidad, no podía coordinar nada. Antonio Di Benedetto me decía que a él le pasaba lo mismo (Daniel Moyano)


Otros escritores relatan un efecto inverso de la experiencia sobre la práctica de la escritura; en lugar de causante de una parálisis, el exilio se transformó en un estímulo, a la vez que en una experiencia de libertad que a la postre resultó positiva para el trabajo de escritor:


Por otro lado, ese estado incierto, de transición indefinida, en suspenso, esa suerte de pérdida de la identidad, el anonimato (no había un solo testigo de mi pasado) me daban cierta levedad y un desapego muy favorables para la literatura. El presente se parecía a una hoja en blanco: no se podía dar nada por sentado, había que redescubrir el mundo y crear nuevas relaciones a cada paso. (...) Bueno, creo que ya expliqué que a mí, lejos de paralizarme, me puso en marcha (Cristina Siscar)


Pero el destierro no es necesariamente un obstáculo para escribir (Blas Matamoro)


El exilio geográfico puede ser, además, para el escritor, su mejor lugar. En ningún otro sitio, como allí, le será posible pensar y reformular, si lo desea, la posición de su escritura frente a ciertos aparatos ideológicos que operan en el llamado campo literario: la tradición, por ejemplo, y las políticas de lecturas que establecen la tradición. En ningún otro sitio, como en el exilio, le será tan fácil al escritor advertir el carácter socialmente inútil de su trabajo y resituar su trabajo frente a la tradición, las vanguardias o el mercado (Juan Martini)



Héctor Tizón (1929-2012) y Daniel Moyano (1930-1992)


Relaciones conflictivas entre la lengua de la “memoria” y la lengua de adopción, diferentes actitudes -parálisis o estímulo- frente a la práctica de la escritura; a pesar de los obstáculos, el exilio argentino ha producido numerosas obras que, con muchas dificultades, lograron finalmente darse a conocer: unas fueron publicadas en el exilio antes que en nuestro país; otras -las menos- sortearon innumerables escollos y se editaron en Argentina durante la dictadura; por último, la mayoría se conoció después de la caída de los militares en una irrupción de material acumulado que fue explosiva aproximadamente entre los años ‘83 y ‘85, y más espaciada en los años posteriores. En rigor, a los fines de un catálogo, poco importa cuál fue la circunstancia de su adición; incluiremos en él a los textos de narrativa -especialmente novelas- producidos en el exilio en el período que nos ocupa o poco después:


-El libro de todos los engaños (Buenos Aires, Bruguera, 1984), de Vicente Battista. 
-Recuerdo de la muerte (Buenos Aires, Bruguera, 1984), de Miguel Bonasso.
-Ansay o los infortunios de la gloria (Buenos Aires, Ada Korn, 1984) y No velas a tus muertos (Buenos Aires, De la Flor,1986), de Martín Caparrós.
-El frutero de los ojos radiantes (Buenos Aires, Folios, 1984), de Nicolás Casullo.
-El pintadedos (Buenos Aires, Legasa, 1984), de Carlos Catania.
-Aquí me pongo a contar (México, Folios, 1983), de Marcelo Cereijido.
-El país de la dama eléctrica (Buenos Aires, Bruguera, 1984) e Insomnio (Barcelona, Muchnik, 1985), de Marcelo Cohen.
-De Dioses, hombrecitos y policías (Buenos Aires, Bruguera, 1984) y La larga noche de Francisco Sanctis (Buenos Aires, Bruguera, 1984), de Humberto Costantini.
-Vudú urbano (Barcelona, Anagrama, 1985), de Edgardo Cozarinsky.
-Cuentos del exilio (Buenos Aires, Bruguera, 1983) y Sombras nada más (Buenos Aires, Alianza, 1984), de Antonio DiBenedetto.
-Sermón sobre la muerte (Puebla, UAP, 1977) y La pasión, los trabajos y las horas de Damián (México, Premia, 1979), de Raúl Dorra.
-De pe a pa. De Pekín a París (Barcelona, Anagrama, 1986), de Luisa Futoransky.
-La revolución en bicicleta (Barcelona, Pomaire, 1980), Luna caliente (Buenos Aires, Bruguera, 1984) y Qué solos se quedan los muertos (Buenos Aires, Sudamericana, 1985), de Mempo Giardinelli.
-Caballos por el fondo de los ojos (Barcelona, Planeta, 1976) y Criador de palomas (Buenos Aires, Bruguera, 1984), de Gerardo Mario Goloboff.
-El ojo de jade (México, Premia, 1980) y El callejón (México, Plaza y Janés, 1987), de Noé Jitrik.
-Lugar común la muerte (Caracas, Monte Ávila, 1979; Buenos Aires, Bruguera, 1983) y La novela de Perón (Buenos Aires, Legasa, 1985), de Tomás Eloy Martínez.
-La vida entera (Barcelona, Bruguera, 1981) y Composición de lugar (Buenos Aires, Bruguera, 1984), de Juan Carlos Martini.
-En estado de memoria (Buenos Aires, Ada Korn, 1990), de Tununa Mercado.
-En breve cárcel (Barcelona, Seix Barral, 1981), de Sylvia Molloy.
-El desangradero (Buenos Aires, Legasa, 1984) y Balada de un sargento (Buenos Aires, Galerna, 1985), de Francisco Moreyra.
-El trino del diablo (Buenos Aires, Sudamericana, 1978), El vuelo del tigre (Madrid, Legasa, 1981) y Libro de navíos y borrascas (Buenos Aires, Legasa, 1983), de Daniel Moyano.
-El arrabal del mundo (México, Ed. Katún, 1984), Hacer la América (Buenos Aires, Bruguera, 1984) y Pura memoria (Buenos Aires, Bruguera, 1985), de Pedro Orgambide.
-El beso de la mujer araña (Barcelona, Seix Barral, 1976), Pubis angelical (Barcelona, Seix Barral, 1979), Maldición eterna a quien lea estas páginas (Barcelona, Seix Barral, 1980) y Sangre de amor correspondido (Barcelona, Seix Barral, 1982), de Manuel Puig.
-En otra parte (Madrid, Legasa, 1981) y El pasajero (Buenos Aires, Emecé, 1984), de Rodolfo Rabanal.
-Nadie nada nunca (México, Siglo XXI, 1980) y El entenado (Buenos Aires, Folios, 1983), de Juan José Saer.
-No habrá más penas ni olvido (Barcelona, Bruguera, 1980; Buenos Aires, Bruguera, 1982) y Cuarteles de invierno (Buenos Aires, Bruguera, 1983), de Osvaldo Soriano.
-A las 20. 25 la señora entró en la inmortalidad, (Buenos Aires, Sudamericana, 1986), de Mario Szichman.
-El traidor venerado (Buenos Aires, Sudamericana, 1978) y La casa y el viento (Buenos Aires, Legasa, 1984), de Héctor Tizón.
-Conversación al sur (México, Siglo XXI, 1981) y En cualquier lugar (México, Siglo XXI, 1984), de Marta Traba.
-En ninguna parte (Buenos Aires, Ed. de Belgrano, 1981), de Pablo Urbanyi.
-Como en la guerra (Buenos Aires, Sudamericana, 1977; México, UNAM, 1980) y
-Cola de lagartija (Buenos Aires, Bruguera, 1983), de Luisa Valenzuela.
-Cuerpo a cuerpo (México, Siglo XXI, 1979), de David Viñas.
-Informe de París (Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1990), de Paula Wajsman.


Desde luego, un catálogo tan extenso requiere de múltiples ajustes y aclaraciones. Por dar sólo un ejemplo, la novela de Puig El beso de la mujer araña aparece a menudo citada y comentada como parte de la producción del exilio argentino, aunque su publicación en España en 1976 permite suponer que su escritura es anterior al golpe militar del mismo año. En el mismo sentido, suele citarse Nadie nada nunca, de Juan José Saer, aunque el exilio voluntario del escritor santafesino data de 1968; sin embargo, y a diferencia de lo que ocurre con la novela de Puig, en ningún caso aparece mencionado su texto del ‘76, La mayor (editado por Planeta y reeditado por el Centro Editor en el ‘83), como parte de la producción del exilio argentino o como integrante de la narrativa producida en años de la dictadura. Este desajuste puede ocurrir o bien porque La mayor fue editada en Buenos Aires y El beso... en Barcelona, o bien porque Puig siempre fue considerado un exiliado más “político” que Saer, o bien porque El beso... es una novela que aborda temas “políticos” (cárcel, represión, tortura) y La mayor no. Sea cual fuere la causa, el ejemplo sirve para poner de manifiesto que este tipo de desajustes es muy frecuente y, a causa de ellos, resulta arduo determinar criterios sólidos para delimitar un corpus. En algunos casos, se ha utilizado el lugar de producción -escritas en el exilio-; en otros, el período de producción -la dictadura militar-; por último, los temas -textos que de alguna manera refieren la situación del exilio o episodios relacionados con el contexto político-. Hemos utilizado el primero de los criterios porque, a nuestro juicio, resulta el menos arbitrario, ya que el segundo de ellos -el período de producción- resulta imposible de precisar, y el tercero -el criterio temático- revela una concepción “contenidista” largamente cuestionada y anacrónica respecto de los nexos que enlazan a las producciones simbólicas con sus contextos de producción por un lado y, por otro, respecto de los modos en que la literatura cuestiona su propio poder de representación.


Con relación a la actividad editorial, aquí también es necesario destacar la labor desarrollada por dos editoriales con sede en España pero que prestaron especial interés a la producción de los escritores argentinos exiliados. Me refiero a la colección “Narradores de Hoy” de la Editorial Bruguera, que incluyó en su catálogo a Soriano, Costantini, Goloboff, Orgambide, Martini, Di Benedetto, Giardinelli, entre otros; en algunos casos, se trataba de primeras ediciones; en otros, de reediciones de textos publicados en el exilio, como las dos novelas de Soriano o De Dioses..., de Costantini, que había sido publicada en México en 1979 y en ese mismo año había ganado el Premio Casa de las Américas. La segunda colección ya fue mencionada en el capítulo anterior: “Narradores americanos”, de Editorial Legasa, que incluyó títulos de Rabanal, Moyano, Tomás E. Martínez y Héctor Tizón.



















Tomado de:
DE DIEGO, José L. (2003): Campo intelectual y campo literario en la Argentina (1970-1986) Tesis de doctorado. UNLP, FHCE. pp, 142-148.