12 noviembre 2017

Efectos de una infancia en Dictadura





Efectos de una infancia en Dictadura 

Pequeños combatientes de Raquel Robles
Una muchacha muy bella de Julián López



Los hijos de desaparecidos perdieron a sus padres como estrategia del régimen totalitario, trauma principal que deja huellas profundas en la comprensión tanto del niño como del adulto: ¿Cuál fue su manera de morir? ¿Les interrogaban, les torturaban, qué les pasó exactamente después del momento trágico? ¿Dónde están sus cuerpos? Son unas de las preguntas que dominan la existencia de los hijos de desaparecidos, y aún más importante ¿Cómo se puede continuar con la vida con esta falta de información? Un método para intentar superar el trauma de la pérdida de los padres y la falta de información que la rodea es convertir esta experiencia traumática en un trabajo de arte: hacer literatura para hacer frente el duelo, transformar lo feo y violento en un asunto maravilloso y hermoso


Estudios de trauma o “trauma studies” florecieron en EEUU a partir de los años noventa por causa del giro ético en los ochenta con investigadores respetables como Cathy Caruth, Shoshana Felman, Dori Laub y Dominick LaCapra. La primera aplicación de los estudios del trauma fue al evento más brutal del siglo xx: la Shoah o el Holocausto. Durante la segunda guerra mundial se estableció una violencia extrema que afectó y sigue afectando tanto al nivel personal como al nivel colectivo el mundo del siglo XXI. La teoría del trauma fue y aún es un modelo popular para analizar artefactos culturales producidos durante y después del Holocausto, por víctimas y victimarios. En este sentido, como Argentina durante la Guerra Sucia también conoció un tipo de violencia inhumana -no obstante de un tamaño más pequeño- parece interesante aplicar algunas nociones con respecto al trauma a la literatura postdictatorial argentina. Ya hemos dicho que no es posible igualar los dos casos que ocurrieron en otro espacio y otro tiempo, sin embargo se encuentra un paralelo entre los efectos del trauma provocado por la violencia de un poder autoritario. A partir de los años ochenta, con relación a la Guerra de Vietnam, se reconoció el trauma y sus consecuencias como un “herido psicológico” (Freud) por tanto médicos y psicólogos y los efectos fueron definidos con el término del trastorno de estrés postraumático o “post-traumatic stress disorder.” 


Según la RAE, un trauma se define como “un choque emocional que produce un daño duradero en el inconsciente.” La experiencia traumática no se asimila ni se capta en el momento que sucede puesto que la imaginación humana no la puede comprender ni anticipar por su ruptura de lo “normal.” Sólo es tardío, que puede variar entre unas semanas hasta unos años, que la experiencia traumática vuelve como una posesión constante: “to be traumatized is precisely to be possessed by an image or event.” 


Los efectos del trauma sólo se manifiestan visiblemente después un período de latencia inherente (“inherent latency”): la fase entre el no captar y el reconocimiento del trauma. Caruth señala que el impacto del evento traumático precisamente se halla en este “belatedness,” en su refugio de límites del tiempo y espacio. Como consecuencia de la distancia temporal entre el evento traumático y su reaparición, Dori Laub propone que un trauma masivo psíquica, como la dictadura y su represión, no admite su registración:  “History was taking place with no witness.” Según la interpretación de Freud, una víctima nunca es plenamente consciente durante una experiencia traumática y por eso, durante el acontecimiento real, la víctima no puede representarse como testigo. Por eso, Dori Laub proclama que toda experiencia traumática se define por la ausencia de testigos.  


Un trauma reaparece en otro momento y espacio cuando el peligro físico o mental del trauma en el primer momento ha desaparecido. De este modo, la víctima puede reinterpretar el primer evento traumático con la estimulación de un segundo evento que lo incita. Cuando el trauma se presenta a la superficie y se expresan los efectos secundarios; la víctima puede reaccionar de distintas maneras y algunos de estos comportamientos serán analizados en las novelas. Por consecuencia, podemos estimar que el trastorno de estrés postraumático (“post-traumatic stress disorder”), como mencionado previamente, se manifiesta de distintas maneras dependiendo del trauma y del traumatizado. 


Según LaCapra, continuando el camino psicoanalítico de Freud, una víctima reacciona al trauma de dos formas: en primera instancia, el traumatizado permanece en un estado melancólico que denomina la fase de la repetición compulsiva o “acting out” y cuando el traumatizado acepta la situación y está de luto se la denomina la fase de la perlaboración o “working through”  No son dos oposiciones binarias sino complementos: un traumatizado pasa por el “acting out” para finalmente llegar al “working though.” No obstante, conscientemente o inconscientemente, es posible que un traumatizado no alcance la aceptación e integración del trauma como parte de la identidad. Pero para continuar con la vida normal del presente y futuro es necesario combatir y aceptar los demonios del pasado, para que los efectos secundarios del trauma no finalicen en la destrucción mental o incluso física.


Por eso, es necesario procesar el trauma e integrarlo en un marco cognitivo que “le otorgue sentido dentro de una historia de vida”.  Un traumatizado debe seguir un proceso de distintos pasos antes de que “working through” sea posible. Primeramente, durante el “acting out”, se observan distintas estrategias del traumatizado para escapar del horror. Es posible que un trauma influencie la identidad y provoque MPD (Mult. Pers. Disorder), a continuación llamado DID (Dissociative Identity Disorder), un desorden mental en el que un traumatizado crea otras identidades o personalidades para sí mismo al que puede transferir la carga traumática. (Codde, s.p.) En el caso de los hijos de desaparecidos cuyo trauma es la pérdida de los padres y el conocimiento de su posible tortura y muerte, otro tipo de actitud puede ser provocada: sienten una extrema identificación con el dolor de sus familiares precedentes, sus padres, y la violencia que sufrieron durante su desaparición. Cuando la identificación es de forma extrema, LaCapra habla de “empathic unsettlement”, una experiencia virtual de tipo insano porque adopta experiencias de otras personas en su propio marco cognitivo. Finalmente, si el traumatizado desea llegar a la fase de “working through”, Freud propone “the talking cure” como la solución más efectiva. Caruth afirma que la historia del trauma sólo puede tener lugar a través de la escucha por un oyente. El traumatizado debe formular lo inexpresable en la interacción comunicativa con un oyente que funciona como “una pantalla blanca al que se escribe el evento por primera vez” (Dori Laub, s.p.) a través de la comunicación se proyecta una historia dolorosa que se transforma en un relato racional. De esta manera, los recuerdos traumáticos, que son inaccesibles y aparecen sin voluntad, se pueden convertir en recuerdos narrativos, una memoria que el propietario puede recoger, ordenar y más importante dominar conscientemente. (Pierre Janet) Otro modo de comunicar, si bien sin oyente, es a través del arte, la creación de una obra estética en la literatura, como hacen tanto Robles como López. El interlocutor, el lector de la novela, está ausente; no obstante ayuda al autor a pasar de “acting out” a “working through.” El arte en general posee una función terapéutica. 


El trauma es una experiencia que afecta tanto a una sociedad como a una persona individual y por eso hacemos una distinción entre el trauma colectivo de Argentina y el trauma personal de sus ciudadanos. En las dos novelas, el trauma personal de un niño/a protagoniza la historia pero en extensión se trata del trauma general de la segunda generación de los hijos de desaparecidos. Una característica que comparten tanto Pequeños combatientes como Una muchacha muy bella es el hecho de que ambas son de índole íntima, es decir que lo doméstico y lo personal es subrayado en vez de la violencia. La perspectiva de los niños protagonistas toma el primer plano y nos enfocaremos en su trauma primordial: la pérdida de un(os) pariente(s). Trataremos sus tipos de trauma en el análisis. 


La crisis de identidad 


Según el Diccionario de estudios culturales latinoamericanos, la palabra identidad es una que se deriva del vocablo latino identitas, cuya raíz es el término ídem, el cual significa “lo mismo.” Es un concepto que se aplica tanto al individuo en particular como a la colectividad en términos socio-culturales: ¿Quiénes somos como personas y como sociedad? A través del lenguaje de la identidad, según Gandsman, se establece un enlace importante entre lo individual y lo colectivo, lo íntimo y lo público. Observa un paralelo entre la búsqueda por parte de un individuo y por parte de una sociedad. 


Como persona, la identidad nos destaca de los demás y nos hace “otro” –con un nombre, una nacionalidad y una historia-. Es una construcción que se basa tanto en elementos fijos como en elementos variables. Por lo tanto, la identidad es una entidad inestable, se define como una tarea o un proceso que pide “cultivación personal” y que “nunca logra certeza.” Su única constante -el fundamento de cada ser humano– es la genética, es decir el origen y precedentes de alguien. (RAE) Los lazos biológicos conectan las generaciones y unen familiares en grupos particulares que comparten tanto elementos físicos como mentales. 


La presencia de circunstancias excepcionales –como seguramente fue la última dictadura militar en Argentina– causa una crisis de identidad a los ciudadanos y a la sociedad. La segunda generación o los hijos cuyos padres desaparecieron como método de la represión sufren de un vacío en la identidad. Dentro de la generación de los hijos destacaremos a aquellos criados con familiares y aquellos que fueron apropiados, o sea sacados a sus madres para ser entregados a familias militares o a familias que apoyaban abiertamente el régimen totalitario.  Su búsqueda de identidad es diferente por eso pero comparten el sentimiento de ser huérfano, los primeros casi inmediatamente y los otros con el descubrimiento de la verdad con la ayuda de una organización de Derechos Humanos: las Abuelas de la Plaza de Mayo. 


En el caso de los niños que aparecen en las novelas, se trata de dos ejemplos de hijos que no fueron ofrecidos a familias falsas y que llegaban a otros familiares, como los tíos o los abuelos. La niña en Pequeños combatientes crece en la casa de sus tíos y en el caso del niño en Una muchacha muy bella no tenemos seguridad con quien permanece, probablemente con la vecina Elvira, pero como la vida adulta empieza inmediatamente después de la desaparición, esta información queda confusa –otro vacío como es tan omnipresente en la literatura que toma hijos de desaparecidos como protagonistas. Estos niños también perdieron a sus padres, aunque tuvieron la suerte de no caer en manos de la dictadura a contrario de los niños otorgados a familias falsas que sufren de una pérdida doble: pierden tanto a sus padres biológicos como a los padres que pensaban que eran sus padres verdaderos. No obstante, la crisis de identidad es una problemática que deja huellas profundas en la existencia de todos los hijos de desaparecidos, a pesar de su situación posterior. 


La desaparición cambia la supuesta relación con los padres y les roba de cierto modo la propia historia, ya que la desaparición de los padres es omnipresente en su vida cotidiana. El hijo de desaparecidos realmente se siente un extranjero en el mundo de los padres, sus fuentes de procedencia, y “vive una distancia que los separa de su lugar de origen que es un quiebre radical imposible de cruzar.” Todo el grupo de los hijos, tanto los apropiados como los que crecieron con familiares, sienten el fuerte anhelo de buscar a los padres desaparecidos y conocer a su identidad: su vida privada como pariente y su vida pública como militante de la izquierda. Con este objetivo, se basan en la información que derivan de relatos de terceros y objetos mediadores como documentos, cartas, anécdotas y fotos. 


Para que un hijo pueda lamentar la ausencia de los padres, debe primeramente “saber quiénes eran: sienten el anhelo de encontrarles para luego, paradójicamente, perderles de nuevo. Por fin, todo se convierte en una búsqueda por la propia identidad: quién es y quién desea ser.” La problemática de los hijos es la formación de la propia identidad, empezando con tantos vacíos en la memoria, pero su crisis parte también de la impuesta identidad: son todos miembros de un grupo traumático cuya vida cotidiana es dominada por relatos y personas del pasado. 


En la búsqueda por la identidad, los hijos seguramente se ven confrontados con la siguiente pregunta: ¿Eligieron el compromiso político o mí? Los padres sabían asimismo que luchar significaba morir y abandonar los ideales políticos vivir, no obstante optaron por ser guerrillero de la izquierda al lado de su papel de pariente. Son realmente las dos partes de la identidad de los padres: al nivel público eran guerrilleros de la izquierda que usan la violencia para defender sus ideales políticos y al nivel privado son padres normales que quieren ofrecer a sus hijos una infancia normal. Los hijos pueden experimentar un sentimiento de abandono, inferioridad frente a la importancia de lo político, una mezcla de sentimientos contradictorios. Las propias historias personales de los hijos pueden ser desplazadas y aun dominadas por las decisiones de sus predecesores. La vida de los padres muertos controla la vida cotidiana de los hijos y estos tienen el sentimiento que deben ser felices, vivir lo más posible, para compensar su muerte injusta. De este modo, el hijo nunca puede tener una identidad enteramente propia ya que la conexión perdura para siempre. Están realmente atormentados por “ausencias omnipresentes.” 


Para terminar, volveremos a la cita de Gandsman que observa un paralelo entre la búsqueda de la identidad del individuo y la sociedad. La búsqueda por la identidad de estos hijos es aplicable a la búsqueda de identidad de Argentina en general: al igual que una persona debe saber la verdad sobre su propia persona y su identidad, Argentina debe saber la verdad sobre lo que ocurrió durante la dictadura, en especial las acciones crueles del régimen totalitario, para sobrepasar el duelo. Concluye que “Neither individuals nor nations can live without a clear view of the past.”  En este sentido, los juicios de los victimarios y los trabajos de memoria forman un componente crucial en el proceso de sobrepasar el trauma colectivo dentro de la sociedad argentina. 






Tomado de:

WIJNANT, Annelies (2015): Infancia y dictadura. La expresión de la violencia en dos novelas argentina posditatoriales. Tesis. Universiteit Gent, pp. 15-20.

08 noviembre 2017

Sentir lo que sucede. Un Resumen. A. Damasio



Sentir lo que sucede
Un resumen

Antonio Damasio



Cómo salimos a la luz de la consciencia es el tópico de este libro. ¿Cuál es el problema de la consciencia desde una perspectiva neurobiológica? ¿Qué acontece en el organismo y, más precisamente, qué sucede en el cerebro cuando sabemos que sentimos emoción o dolor o, para el caso, cuánto sabemos de cualquier cosa? Allí topé con el obstáculo de la consciencia; específicamente, topé con el obstáculo del self, porque para concertar señales que fabrica la percepción de un sentimiento por el organismo que lo experimenta, se precisa una sensación de self.


Sin embargo, la incógnita de la consciencia no se confina al self. Se orienta hacia la combinación de dos problemas: el primero es entender cómo el cerebro, al interior del organismo humano, engendra los patrones mentales que denominamos imágenes de un objeto, y en lo tocante al segundo problema, éste plantea cómo, junto con la génesis de patrones mentales para un objeto, el cerebro engendra además la sensación de self en el acto de conocer.


Las imágenes sensoriales de lo que percibes externamente, y las imágenes asociadas que evocas, ocupan la mayor parte de tu mente. Junto a estas imágenes se halla también esa otra presencia que te identifica como observador de las cosas imaginadas, dueño de las cosas imaginadas. Actor potencial de éstas. En este sentido tu presencia es el sentir lo que sucede cuando el acto de aprehender algo modifica tu ser.  
   

Emoción y Sentimiento


Las emociones son complejas colecciones de respuestas químicas y neurales que conforman un patrón. Todas cumplen algún papel regulador, destinado de una manera u otra a crear circunstancias ventajosas para el organismo que presenta el fenómeno. Las emociones refieren a la vida de un organismo, a su cuerpo para ser precisos, y su papel es ayudar al organismo a conservarla.


Las emociones son parte de los dispositivos biorreguladores con que venimos equipados para sobrevivir. Constituyen un componente bastante sofisticado del mecanismo de regulación de la vida. Estos dispositivos se desencadenan automáticamente, sin deliberación consciente. Aunque todas las emociones usan el cuerpo como teatro (medio interno, sistema visceral, vestibular y músculo-esquelético), también afectan el modus operandi de numerosos circuitos cerebrales: la variedad de respuestas emocionales fecunda intensos cambios en el paisaje corporal tanto como en el cerebral.


Es así que las emociones están ligadas al cuerpo, son parte esencial de la regulación que denominamos homeostasis, esto es, las reacciones fisiológicas coordinadas y vastamente automáticas que mantiene el equilibrio interno de un organismo viviente. Apuntan a la regulación vital, a la salud del organismo.


La emoción es inherente al proceso racional y decisorio. Aunque esto parece contrariar nuestro instinto, hay evidencias que lo confirman. Puede ocurrir en un marco de consciencia: podemos sentir contundentemente nuestras emociones, y sabemos que las sentimos. La urdimbre de nuestra mente y conducta se teje en torno de ciclos continuos de emoción, seguidos por sentimientos que llegan a ser conocidos y engendran nuevas emociones.


La reducción selectiva de la emoción es por lo menos tan perjudicial para la racionalidad como la sobreabundancia de emoción. Ya no parece veraz que la razón gane al operar sin el influjo de la emoción. Por el contrario, quizá la emoción ayude a razonar, sobre todo cuando se trata de asuntos personales o sociales que representan riesgo o conflicto. Podemos educar o prevenir las emociones, pero no suprimirlas


Emociones y sentimiento de emociones, son principio y fin de una progresión, pero es muy diferente el carácter casi público de las emociones y la absoluta intimidad de los sentimientos afines. Propongo que el término sentimiento se reserve a la experiencia privada y mental de una emoción, en tanto que la voz emoción se use para designar una colección de respuestas muchas de las cuales son públicamente observables.  


No precisamos tener consciencia del inductor de una emoción y solemos no tenerla, no podemos controlar a voluntad las emociones (Es probable que te sientas triste o dichoso y no sepas por qué razón estás así) El desencadenamiento no consciente de emociones también explica por qué es tan difícil falsificarlas. 


Hay emociones primarias o universales: alegría, tristeza, miedo, ira, sorpresa o repugnancia, emociones/sentimientos secundarios: vergüenza, celos, culpa, orgullo, y emociones/sentimientos de fondo: bienestar o malestar, calma o tensión.


Las emociones son inseparables de la idea de premio o castigo, placer y dolor, acercamiento o huída, ventaja o desventaja personal. Es inevitable que sean inseparables de la idea de bien (en el sentido de supervivencia) y de mal (en el sentido de muerte). Nos guste o no, ésa es la condición humana natural. Pero cuando existe la consciencia, los sentimientos logran su máximo impacto, y los individuos son capaces de reflexionar y prever.


Ciertas emociones del cerebro, que forman parte de un sistema neural en gran parte preinstalado y relacionado con las emociones, despachan órdenes a otras regiones del cerebro y a casi todas las zonas del cuerpo propiamente tal. Las órdenes se transmiten por el torrente sanguíneo en forma de moléculas químicas que actúan sobre los receptores en las células que constituyen el tejido corporal. La otra ruta es la de los tractos neurales: aquí las órdenes toman la forma de señales electroquímicas que actúan sobre otras neuronas, o en fibras musculares u órganos que a su vez liberan productos químicos específicos en el torrente sanguíneo. El resultado de estas órdenes químicas y neurales coordinadas es un cambio global en estado del organismo. 


Antonio R. Damasio


Consciencia Nuclear


La consciencia nuclear incluye un sentido interno basado en imágenes. Las imágenes particulares corresponden a un sentimiento. Esa sensación interna transmite un poderoso mensaje no verbal respecto de la relación entre organismo y objeto: que en la relación participa un sujeto individual, un constructo transitorio al que atribuye el conocimiento momentáneo. Implícita en el mensaje está la idea de que las imágenes de cualquier objeto dado (que en este momento están siendo procesadas) se forman en nuestra perspectiva individual, que somos dueños del proceso de pensamiento y que podemos actuar sobre los contenidos del proceso de pensamiento. La fase final del proceso de consciencia nuclear incluye el realce del objeto que lo inició.


La consciencia nuclear se genera en forma de pulsaciones, para cada contenido que se torna consciente. Es el conocimiento que se materializa cuando confrontas un objeto, construyes un patrón neural para él, y descubres automáticamente que la imagen ahora destacada del objeto se forma en tu perspectiva, te pertenece y que incluso pueden actuar sobre ella. Llegas a ese conocimiento de manera instantánea: no hay ningún proceso de inferencia digno de atención, ningún proceso lógico de esclarecimiento que conduzca allí y ninguna palabra; sólo está la imagen del objeto y, adherida a ella, tu sensación de propietaria.


Consciencia es un término amplio para los fenómenos mentales que permiten la extraña confección de ti mismo como observador o conocedor de las cosas observadas; de ti mismo en cuanto dueño de pensamientos formados desde tu perspectiva; de ti mismo como agente potencial de la escena. La consciencia es parte de tu proceso mental: no es ajena a él. La perspectiva individual, la apropiación individual del pensamiento y la agencia individual son las riquezas cruciales que la consciencia nuclear aporta al proceso mental que en este momento, se despliega en tu organismo. La esencia de la consciencia nuclear es el pensamiento de ti –el sentimiento de ti- como ser individual involucrado en el proceso de conocer tu propia existencia y la de otros.


Organismo y objeto


El problema de representar el objeto parece menos enigmático que el de representar el organismo. El objeto se exhibe, en forma de patrones neurales, en las cortezas sensoriales adecuadas a su naturaleza. Por otra parte el organismo y sus representaciones están ligadas a la noción de self, basado en una serie de patrones neurales no conscientes que representan la parte del organismo.


Para cada persona hay un cuerpo. Nunca existe una persona sin cuerpo, ni una con dos cuerpos o múltiples cuerpos. El cuerpo cincela la mente, cuyo destino es servirlo. Así en un cuerpo sólo brota una mente. Sin cuerpo no hay mente. Mentes cuerpo-mentalizadas ayudan a salvar el cuerpo.

Asombra descubrir que las aparentes y monolíticas estabilidades tras una mente única y un self único sean a su vez efímeras y se reconstruyan continuamente en el ámbito de las células y moléculas. No somos meramente perecibles al final de la vida. La mayoría de nuestras partes fallece durante la vida, para ser sustituidas por otras partes perecederas. Los ciclos de la vida y muerte se repiten muchas veces en el lapso de una vida. Gran parte de los componentes que no se sustituyen cambian gracias al aprendizaje. La vida hace que las neuronas se comporten de distinta manera alterando, por ejemplo, la manera en que se conectan con otras. Lo que permanece invariable es el plan de construcción de la estructura de nuestro organismo y los puntos fijados para la operación de sus partes. Digamos, el espíritu de la forma y el espíritu de la función.


Así como los ciclos de vida y muerte reconstruyen el organismo y sus partes conforme a un plan, el cerebro reconstruye la sensación de self momento a momento. Nuestra sensación de self es un estado del organismo, el resultado de ciertos componentes operando de cierta manera e interactuando de cierta forma, dentro de ciertos parámetros. Es otro constructo, otro patrón vulnerable de operaciones integradas cuya consecuencia es generar las representaciones mentales de un ser viviente individual.


Para percibir un objeto, visualmente o de otra manera sensorial, el organismo precisa tanto de señales sensoriales especializadas como de señales procedentes del ajuste del cuerpo, necesarias para que ocurra la percepción. También es cierta la aserción cuando piensas en un objeto, no solo cuando lo percibes en el mundo externo a tu organismo. Los registros que conservamos de objetos y sucesos percibidos otrora incluyen el ajuste motor articulado entonces para lograr la percepción, y también contienen las reacciones emocionales que sentimos en ese instante. Están corregistrados en la memoria, aunque en sistemas separados. Ya sea que estés inmóvil o fantaseando, las imágenes que formas en tu mente siempre señalan al organismo el compromiso que tiene en la tarea de fabricar imágenes y evocan alguna reacción emocional.


El sistema somatosensorial es una combinación de varios subsistemas, cada uno de los cuales porta señales al cerebro sobre el estado de los diferentes aspectos del cuerpo. De hecho un aspecto de señalización somatosensorial no emplea neuronas sino sustancias químicas disponibles en el torrente sanguíneo. A pesar de estas distinciones, todos los aspectos de la señalización somatosensorial trabajan en paralelo y cooperan para producir miríadas de mapas de los aspectos multidimensionales del estado corporal de un momento dado.


La división orgánica y del medio interno está encargada de captar cambios en el entorno químico de las células en todo el cuerpo. El término “interoceptivo” describe genéricamente estas operaciones captoras. Un aspecto de estas señales prescinde de vías y fibras nerviosas. 


La sensación de self tiene un precedente biológico preconsciente, el proto-self, y que las primeras y más sencillas manifestaciones del self emergen cuando el mecanismo que engendra consciencia nuclear  opera en este precursor no consciente.


El proto-self es una colección coherente de patrones neurales que cartografía, momento a momento, el estado de la estructura física del organismo en sus múltiples dimensiones. Esta perpetua colección de patrones neurales de primer orden ocurre en muchos lugares del cerebro. No debe confundirse el proto-self con la rica sensación de self en que se centra nuestro saber en este preciso momento. No estamos conscientes del proto-self. El lenguaje no es parte de su estructura. El proto-self carece de poderes perceptivos y de conocimiento.


En el caso de objetos consignados en la memoria, la memoria de ese objeto se almacenó bajo forma disposicional. Las disposiciones son registros latentes e implícitos, más que activos e explícitos, como los son las imágenes. Estas memorias disposicionales de un objeto percibido en algún momento incluyen no solo registros de los aspectos sensoriales del objeto –color, forma o sonido- sino protocolos de los ajustes motores que necesariamente acompañaron el acopio de señales sensoriales; además las memorias también contienen archivos de la obligatoria reacción emocional ante el objeto. 


La importancia de la distinción entre objeto puntual y objeto memorizado permite que objetos memorizados engendren consciencia nuclear de igual manera que lo hacen objetos puntualmente percibidos. Esa es la razón por la que podemos estar conscientes de lo que recordamos de la misma manera que estamos conscientes de lo que realmente vemos, oímos o tocamos ahora.


Construcción de la consciencia nuclear a partir del protoself


Nos volvemos conscientes cuando nuestros organismos construyen y exhiben internamente una modalidad específica de conocimiento no verbal –que nuestro organismo ha cambiado por influjo del objeto-, y cuando este conocimiento ocurre junto con la exhibición interna del objeto en modo destacado. En su modalidad más simple, este conocimiento emerge como sentimiento de saber.


La consciencia nuclear ocurre cuando los dispositivos cerebrales de representación generan, en imágenes, un relato no verbal de la manera en que el estado del organismo se ve afectado por el procesamiento de un objeto, y cuando este proceso realza la imagen del objeto causal. La hipótesis perfila dos integrantes en el mecanismo: la generación del relato no verbal, en imágenes, de la relación objeto-organismo (fuente de la sensación de self en el acto de conocer), y realce de las imágenes de un objeto.


El proto-self representa al organismo. Los aspectos cruciales del organismo incluidos en esta reseña son el estado del medio interno, órganos, sistema vestibular y armazón músculo-esquelética. La reseña describe la relación entre el proto-self cambiante y los mapas sensoriomotores del objeto que causa los cambios. En resumen: conforme el cerebro forma imágenes de un objeto –rostro, melodía, dolor de muelas, rememoración de un suceso-, y a medida que las imágenes del objeto afectan el estado del organismo, otro nivel del cerebro crea una veloz narración no verbal de los eventos en curso en las diversas regiones del cerebro activadas por la interacción objeto-organismo. El cartografiado de las consecuencias objeto relacionadas ocurre en mapas neurales de primer orden que representan al proto-self y al objeto; el detalle de la relación causal entre objeto y organismo solo puede ser captado en mapas neurales de segundo orden.


En el cerebro humano hay diversas estructuras capaces de generar un patrón de segundo orden que re-representa ocurrencias de primer orden. El patrón neural de segundo orden que sustenta la reseña en imágenes no verbales de la relación objeto-organismo acaso se base en una intrincada señalización cruzada entre varias estructuras de “segundo orden”. Es poco probable que solo una región del cerebro posea el supremo patrón neural de segundo orden.


Hay múltiples generadores de consciencia, en varios niveles cerebrales y, no obstante, el proceso parece fluido, referido a un conocedor y un objeto. La consciencia nuclear del objeto resultaría de una combinación de mapas de segundo orden, suerte de patrón neural integrado que daría nacimiento a la reseña de imágenes propuesta más arriba, y conduciría demás al realce del objeto.


En organismos complejos como los nuestros equipados con varias competencias mnésicas, los efímeros momentos de saber en que descubrimos nuestra existencia son hechos que pueden consignarse en la memoria, ser debidamente categorizados y relacionados con otras memorias pertinentes al pasado o al futuro previsto. La consecuencia de esta compleja operación de aprendizaje es el desarrollo de una memoria autobiográfica, un agregado de registros disposicionales acerca de quién fuimos físicamente y quién solíamos ser conductualmente, junto con registros de lo que planeamos ser en el futuro. Podemos incrementar este agregado mnésico y remodelarlo a lo largo de la vida. Cuando cantidades mayores o menores de imágenes reconstruidas tornan explícitos los registros personales, éstos se convierten en self autobiográfico.


Aunque la base del self auobiográfico es estable e invariable, su paisaje cambia de continuo como resultado de la experiencia. La manifestación del self autobiográfico es más pasible de retoque que el self nuclear, el cual se reproduce una y otra vez con la forma esencial a lo largo de la vida.


Sin importar lo bien que crezca la memoria autobiográfica y cuán robusto llegue a ser el self autobiográfico, debe quedar en claro que ambos requieren un suministro continuo desde la consciencia nuclear para tener algún peso en el organismo propietario. Los contenidos del self autobiográfico sólo pueden ser conocidos cuando se produce una nueva construcción de self nuclear y de saber para cada uno de los contenidos por ser conocidos.


Cuando el cerebro debidamente equipado de un organismo despierto genera consciencia nuclear, el primer resultado es más vigilia: nota que cierta vigilia ya estaba disponible y fue necesaria para empezar el juego. El segundo resultado es una atención más enfocada en el objeto causativo: nuevamente cierto de atención ya estaba disponible.


Además de suministrar sentimiento de saber y realzar el objeto, las imágenes de saber –socorridas por la memoria y el razonamiento- forman la base de inferencias no  verbales simples que robustecen el proceso de consciencia nuclear. Estas inferencias revelan, por ejemplo, la estrecha vinculación entre la regulación de la vida y el procesamiento de imágenes implícito en la sensación de perspectiva individual.


En el caso de los humanos, la narración no verbal de segundo orden de la consciencia puede ser traducida de inmediato en lenguaje. Uno podría denominar esta traducción como narración de tercer orden. Todo lo reproducido en las pistas no verbales de nuestra mente se convierte rápidamente en vocablos y frases.  


Curiosamente, la naturaleza misma del lenguaje arguye en contra de su primacía en la consciencia. Palabras y frases describen entidades, acciones, sucesos y relaciones. Palabras y frases traducen conceptos, y los conceptos son la idea no lingüística de las cosas, acciones, sucesos y relaciones. Por necesidad, los conceptos preceden a palabras y frases, tanto en la evolución de las especies como en la experiencia cotidiana de cada uno de nosotros. 


Es improbable que la consciencia dependa de las vaguedades de la traslación verbal y del impredecible nivel de atención enfocada que se le presta. Si la existencia de la consciencia dependiera de sus traducciones verbales, lo probable es que cada cual tuviera varias modalidades de consciencia, algunas veraces y otras inveraces; varios niveles de intensidad de consciencia, algunos ineficaces y otros no; y, peor aún, lapsos de consciencia.


El requerimiento de subordinación de la consciencia al lenguaje  no deja lugar a la consciencia nuclear tal como se perfila aquí. Conforme a la hipótesis dependiente del lenguaje, la consciencia es posterior al dominio del lenguaje y no puede ocurrir en organismos carentes de ese dominio.


Narrar historias, en el sentido de registrar lo que sucede bajo forma de mapas cerebrales, tal vez sea una obsesión del cerebro y quizá su aparición sea precoz tanto desde el punto de vista evolutivo como respecto de la complejidad de las estructuras neurales requeridas para generar narraciones. Relatar historias precede al lenguaje ya que es, de hecho, condición del lenguaje.


Consciencia ampliada


La consciencia ampliada excede el aquí y el ahora de la consciencia nuclear, tanto hacia el pasado como hacia el porvenir. Aunque el aquí y el ahora  sigue allí, ahora lo escolta el pasado –la medida de pasado que se precisa para esclarecer con eficacia el presente- y, con similar importancia, el futuro anticipado. En su cenit, la consciencia ampliada puede abarcar la vida entera del individuo, desde la cuna hasta el futuro, es instalar el mundo a su lado. Cualquier día, si le permites volar, puede transformarse en el personaje de una novela épica, y si la usas bien, abrirte las puertas de la creación.


La consciencia ampliada es todo lo que es la consciencia nuclear, pero más vasta y mejor, y lo único que hace es crecer a lo largo de la evolución, y de la vida y experiencia de cada individuo. 

El self autobiográfico se articula en la perpetua reactivación y despliegue de colecciones selectas de memorias autobiográficas. En la consciencia nuclear, la sensación de self brota en el tenue y efímero sentimiento de saber, reconstruido en cada pulsación. En cambio, en la consciencia ampliada la sensación de self surge en la exposición constante y reiterada de algunas de tus memorias personales, los objetos de nuestro pasado personal, capaces de sustanciar momento a momento nuestra identidad y nuestro ser persona.


Las memorias autobiográficas son objetos, y el cerebro los trata como tales, permite que cada uno de ellos se relaciones con el organismo de la manera descrita para la consciencia nuclear, permitiéndoles así generar una pulsación de consciencia nuclear, una sensación de “self conociendo”. En otras palabras, la consciencia ampliada es la preciosa consecuencia de dos contribuciones determinantes: primero, la habilidad de aprender y retener miríadas de experiencias, previamente conocidas gracias al poder de la consciencia nuclear. Segundo, la capacidad de reactivar estos registros de manera que, en calidad de objetos, también puedan generar una sensación de self conociendo y por ende ser conocidos.


La consciencia ampliada surge de dos artimañas. La primera requiere la aglomeración gradual de recuerdos de múltiples instancias e una clase especial de objetos: los “objetos” biográficos del organismo, de nuestra propia experiencia vital, tal como se desarrollaron en el pasado, y tal como los ilumina la consciencia nuclear. Una vez constituidas, las memorias autobiográficas se evocan en cada procesamiento del objeto.


El segundo ardid consiste en mantener activas, simultáneamente y por lapsos sustanciales, las numerosas imágenes cuya colección define al self autobiográfico y las imágenes que definen el objeto. Los reiterados componentes del self autobiográfico y del objeto se basan en el sentimiento de saber que surge de la consciencia nuclear.


 El self autobiográfica no es memoria de trabajo aunque ésta es un instrumento importante en el proceso de aquella. La consciencia ampliada depende la capacidad de mantener en la mente, por períodos importantes de tiempo, los múltiples patrones neurales que describen el self autobiográfico. La memoria de trabajo es precisamente la habilidad para conservar imágenes en la mente durante períodos de tiempo que permitan su manipulación inteligente. Una memoria de trabajo amplia es requisito imprescindible de la consciencia ampliada, de manera que representaciones plurales puedan ser conservadas en la mente durante tiempos dilatados. 


La consciencia ampliada se basa en la consciencia nuclear no solo en lo tocante a su desarrollo, sino momento a momento. El estudio de pacientes neurológicos muestra que, cuando se interrumpe la consciencia nuclear, desaparece la consciencia ampliada. 


La consciencia ampliada es necesaria para el despliegue interno de un corpus importante de conocimiento enfocado en diferentes modalidades y sistemas sensoriales, y para las subsiguientes capacidades de manipular este conocimiento en la solución de problemas, o de comunicarlo. El desempeño normal de estas habilidades atestigua la presencia de conocimiento extenso. La valoración de la consciencia ampliada puede lograrse mediante el peritaje de reconocimiento, recuerdo, memoria de trabajo, emoción, sentimiento, razonamiento y toma de decisiones en largos intervalos de tiempo en un individuo cuya consciencia nuclear está intacta.


La consciencia nuclear es un recurso central producido por un sistema neural y mental circunscripto. El hecho de que la consciencia nuclear sea central no significa que dependa de una sola estructura: precisa de un gran número de estructuras neurales, aunque existen numerosos sitios cerebrales no implicados en la fabricación de consciencia nuclear.  


Los contenidos del self autobiográfico son los principales beneficiarios de la consciencia nuclear. En cualquier momento dado de nuestra vida sensible, entonces, generamos pulsaciones de consciencia nuclear para uno o algunos objetos específicos y para un conjunto de memorias autobiográficas afines reavivadas. Sin tales memorias autobiográficas no tendríamos sensación de pasado o futuro ni continuidad histórica de persona. Pero sin narración de la consciencia nuclear y sin el self transitorio que nace de ella, tampoco tendríamos conocimiento del momento del pasado memorizado o del futuro anticipado que también consignamos en la memoria.


De la notable colección de habilidades permitidas por la consciencia ampliada, dos merecen destacarse: primero, la habilidad de elevarse por sobre los dictados de ventajas y desventajas impuestos por las disposiciones relacionadas con la supervivencia, y segundo, la crucial detección de desacuerdos que conduce a la búsqueda de la verdad y al deseo de erigir normas e  ideales de conducta y para analizar hechos. 


29 octubre 2017

¿Quiénes son la "Clase obrera"? Richard Hoggart



¿Quiénes son la “clase obrera”?

Richard Hoggart


Se afirma a menudo que ya no existe la clase obrera en Inglaterra; que las diferencias sociales se han reducido, gracias a una “revolución sin sangre”, y que la mayoría constituimos una base bastante homogénea, que abarca desde la clase medía baja hasta la clase media media. Desde luego, esta afirmación encierra cierta verdad, dentro de un contexto específico, y no deseo subestimar los alcances ni el valor de muchos cambios sociales recientes. Para poder apreciar la dimensión de estos cambios y cómo han afectado, a la clase obrera, sobre todo, sólo tenemos que revisar algún estudio sociológico o varias novelas de principios de siglo. Nos asombrará la manera como la clase obrera ha mejorado su nivel de vida, ha adquirido bienes y creciente poder, pero especialmente el que ya no se sienta parte de “las clases bajas”. Aún consideran que hay otras clases, por encima de ellos, pero esto se ha ido perdiendo.

Desde la compasión del “Serían maravillosos si tan sólo...”, hasta el elogio de “¡Qué maravillosos son ... !”, existe una amplia gama de mitos pastoriles y admiraciones que bien podrían estar en labios de la Viuda de Bath. En el fondo, la clase obrera es fundamentalmente “sana”, mucho más que otras clases; sus integrantes son un tanto rudos y ordinarios, quizá, pero diamantes al fin y al cabo; toscos, pero “valen su peso en oro”; ni refinados, ni intelectuales, pero con ambos pies en la tierra, capaces de reír de buena gana, caritativos y francos. Se expresan en un lenguaje florido, pictórico de ingenio, que sin embargo conserva el sentido común. Estas apreciaciones varían, desde la leve exageración en la descripción de aspectos típicos de su vida que han hecho varios grandes novelistas, hasta las fantasías baratas de ciertos escritores populares contemporáneos. ¿Cuántos grandes novelistas no han exagerado algunos rasgos de la vida obrera? George Eliot lo hizo, sin menoscabo de sus brillantes observaciones sobre los trabajadores, y esta tendencia es algo más evidente en Hardy. En nuestra época, novelistas populares de tendencia más conscientemente manipuladora nos describen a los hombrecitos de gorras planas y hablar poco pulido, con esposas relucientes frente a quicios relucientes... ¡Buenas personas, dignas de admiración! Incluso un autor tan cáustico y supuestamente antirromántico como George OrweIl nunca perdió el  hábito de describir a la clase obrera inglesa desde la perspectiva de un saloncito victoriano. 

La gama es amplia, y abarca desde actitudes como esas hasta el vergonzoso parloteo de los columnistas domingueros sobre las clases populares, gacetilleros que nunca olvidan citar con admiración el último chascarrillo de su amigo de bar “Alf”. Creo que habría que rechazar abiertamente estas caricaturas, ya que encierran cierta verdad presentada en tono de burla. También debemos ser cautelosos en cuanto a las interpretaciones de los movimientos obreros que hacen los historiadores. El tema resulta a tal grado fascinante y conmovedor, y existe tal cantidad de material sobre las aspiraciones sociales y políticas de la clase obrera,-que es fácil que el lector suponga que tal es la historia de la clase obrera, y no de una minoría. Da la impresión de que los autores sobrestiman el lugar que ocupa la actividad política en la vida del obrero, y de que realmente no conocen a fondo sus raíces. 

La visión que un marxista de clase media tiene de la clase obrera a menudo incluye algunos de los errores antes mencionados. Siente compasión por el obrero, traicionado y degradado, de cuyos errores culpa casi en su totalidad al aplastante sistema que lo controla. Admira las reminiscencias del noble salvaje que en él quedan y siente nostalgia por “lo mejor- de¡ arte, por el folclor rural o por una clase de arte urbano genuinamente popular y -un especial entusiasmo por las migajas que de ello pueda detectar en la actualidad. Compadece y admira el aspecto de “Jude el Oscuro” que caracteriza a la clase obrera y, a menudo, el resultado es una actitud un tanto lastimera y paternalista, que rebasa cualquier viso de realidad.

Sin embargo, algunas novelas realmente nos han acercado a la esencia de la vida del obrero, como Hijos y amantes, de D.H. Lawrence, mucho más que otros relatos de carácter más popular o proletario. También lo han logrado, a su manera, las encuestas sociológicas que sobre clase obrera se han realizado en veinte años. Estos libros transmiten con gran fuerza la compleja y claustrofóbica impresión que siente el observador al intentar llegar de manera concreta a todos los aspectos de la vida de la clase obrera; sensación un tanto similar a la de estar sumergido en una selva interminable, llena de detalles mínimos y variados que, sin embargo, resultan parecidos: una gran masa de rostros, hábitos y acciones que, en apariencia, no son muy significativos. Esta sensación me parece a la vez correcta e incorrecta; correcta, en el sentido de que muestra la diversidad, multiplicidad e infinidad de detalles que caracterizan la vida del obrero, así como la imagen (a menudo depresiva para el extraño) de una gran uniformidad; de formar parte de una vasta y reconfortante multitud, muy afín aun en los asuntos más importantes e íntimos. Creo que esta impresión es incorrecta si nos induce a construir una imagen de la clase obrera a partir de la suma de varias estadísticas obtenidas en los estudios sociológicos, con cifras de quiénes hacen esto o aquello, con porcentajes de quiénes dicen creer en Dios o quiénes piensan que el amor libre “tiene su lado bueno”. Una encuesta sociológica puede o no sernos de utilidad, pero es preciso que intentemos ver más allá de los hábitos para comprender lo que éstos representan; no tomar las afirmaciones al pie de la letra, sino leer entre líneas lo que realmente significan (que muchas veces es exactamente lo contrario de lo que afirman); detectar las diferentes intensidades de emotividad que hay detrás de las frases idiomáticas y de los rituales.

Un escritor que provenga de la clase obrera también puede caer en ciertos errores de perspectiva, algo diferentes pero no menos significativos que los de otras clases sociales. Yo pertenezco a la clase obrera, y en la actualidad me siento a la vez cercano a ella y alejado de ella. Dentro de unos años, quizá esta ambivalencia ya no me resulte tan obvia, pero sin duda afectará lo que diga. Mi origen social me ayuda a plasmar los sentimientos de la clase obrera y a no caer en algunos de los lugares comunes en los que suele caer un extraño. Sin embargo, estar involucrado emocionalmente tiene sus peligros. Por ejemplo: considero que los cambios que se mencionan en la segunda parte del libro han hecho que la clase obrera pierda una valiosa cultura propia, a cambio de lo cual ha recibido mucho menos de lo que debería aceptar. Desde luego, intento ser objetivo; pero, al escribir, tuve constantemente que reprimir el impulso de hacer mucho más admirable lo antiguo que lo nuevo Y de condenar esto último de lo que conscientemente puedo afirmar. Es de suponer que siempre hay ciertos tintes de nostalgia que colorean el material de antemano; he tratado en lo posible de no incorporar estos efectos.

Como el tema forma parte de mis orígenes y formación, descubrí, en ambas partes del libro, una tendencia personal a ser demasiado severo con los aspectos de la clase obrera de los que difiero. Aunado a esto existe la tendencia de sacar los fantasmas propios, o en el peor de los casos, de “rebajar” a la propia clase, debido a la presión de actitudes tan ambiguas. Por otra parte, también me descubrí la tendencia a sobrestimar aquellos aspectos que considero valiosos, lo cual manifiesta cierto sentimentalismo y romanticismo en cuanto a mis antecedentes. Es corno si, desde el subconsciente, estuviera diciéndoles a mis conocidos: “Miren, a pesar de todo, mi infancia fue más enriquecedora que la de ustedes.”

El escritor debe estar consciente de estos peligros y tratar, en la medida de lo posible, de encontrar lo que verdaderamente quiere decir. Supongo que rara vez logra un éxito absoluto, por lo que el lector, al igual que los oyentes de Marlowe en Heart of Darkness, de Conrad, está en una posición más afortunada- “Por supuesto, amigos, en este sentido ustedes ven más que yo. Me ven a mí.” El lector ve lo que se intenta decir y, a partir del tono, del énfasis inconsciente y demás elementos, llega a conocer al hombre que escribe.




No resulta fácil definir a la “clase obrera”; sin embargo, para efectos de este estudio, hice las siguientes consideraciones: las publicaciones de masas, de donde obtuve la mayor parte de mi información, afectan a un grupo mucho más amplio que la clase obrera, a la que conozco de cerca. De hecho, al ser publicaciones que no pretenden dirigirse a una clase específica, afectan a todas las capas de la sociedad. No obstante, para poder analizar cómo estas publicaciones afectan sus actitudes, y para evitarla vaguedad casi inevitable que acompaña el hablar de¡ pueblo “común y corriente”, fue necesario adoptar un enfoque. Por tanto, tomé un grupo bastante homogéneo de personas de la clase obrera; traté de evocar su atmósfera, y su calidad de vida, a través de la descripción de su escenario y sus actitudes. Con este telón de fondo, es posible apreciar cómo los difusos estímulos de ¡as publicaciones de masas están relacionados con actitudes comúnmente aceptadas, cómo las están alterando y cuál es la resistencia que encuentran. A menos que esté muy equivocado, las actitudes descritas en la primera parte son compartidas por otros grupos que también forman parte de las “personas comunes y corrientes”, lo cual confiere a este análisis una mayor relevancia. En particular, muchas actitudes de éstas pueden atribuirse a quienes frecuentemente se denomina la “ clase media baja”. No encuentro la manera de evitar esta superposición, y espero que los lectores piensen, como yo, que esto no debilita lo fundamental de mi argumento.

El escenario y la comprobación de las actitudes están tomados principalmente de mi experiencia en las zonas urbanas de¡ norte de Inglaterra durante los años veinte y treinta, que fueron los de mi infancia, así como de mi contacto continuo con sus habitantes, aunque un tanto diferente desde entonces.

Mencioné más arriba que la gente de la clase obrera generalmente no se siente parte de un grupo “inferior”, como sucedía hace una o dos generaciones. Sin embargo, las personas que recuerdo aún conservan la sensación de pertenecer a un grupo propio, sin que esto implique necesariamente un sentimiento de inferioridad ni de orgullo. Sienten que son “clase obrera” en gustos y costumbres, en que “pertenecen” a ella. Esta distinción no resulta muy exacta, pero es importante; podrían añadirse otras, que aunque no fuesen determinantes, ayudarían a conformar el panorama general que necesitamos.

La clase obrera que aquí describimos vive en distritos como Hunslet Leeds, Ancoats, Manchester, Brightside y Attercliffe, Sheffield y más allá de las calles de Hessle y Holderness, en Hull. Mi experiencia está más ligada a quienes viven a lo largo de kilómetros de las casas amontonadas y humeantes de Leeds; casi todas las ciudades tienen este tipo de vivienda característica: en algunos casos el patio trasero da con el del vecino y en otros hay una especie de túnel que los conecta.

Generalmente, la casa es alquilada, y cada vez con-más frecuencia se ubican en las nuevas áreas, lo que no parece afectar de manera importante sus actitudes. La mayoría de los habitantes que trabajan de empleados perciben un jornal, y no un sueldo, jornal que se les paga semanalmente y la mayoría carece de otra fuente de ingresos. Algunos trabajan por su cuenta: tienen una pequeña tienda para miembros del grupo al que culturalmente pertenecen; otros prestan servicios, como es el caso de los zapateros, peluqueros, tenderos, reparadores de bicicletas o mercaderes de ropa usada. No es fácil distinguir a los trabajadores del resto por la cantidad de dinero que ganan, ya que hay una enorme variación de jornales entre la clase obrera.

Muchos de los trabajadores del acero, por ejemplo, pertenecen a la clase, obrera, pero ganan más que algunos maestros de escuela que no son de la clase obrera. Sin embargo, supongo que en la mayoría de las familias aquí descritas el jefe de familia percibe, un jornal semana¡ de nueve o diez libras esterlinas (en cifras de 1954). La mayoría se educó en lo que hoy llamamos una escuela secundaria moderna, aunque popularmente se le sigue conociendo como “escuela elemental”. Por lo general, trabajan de obreros calificados o no calificados, o de artesanos, y quizá aprendices. Esta débil frontera incluye, por tanto, lo que antiguamente se denominaba “peones”, que hacían trabajo manual, trabajadores del transporte público y comercial, muchachos y muchachas que realizan trabajos rutinarios en fábricas, así como obreros calificados, desde fontaneros hasta los especializados en industria pesada. Se incluyen los sobrestantes, pero no los empleados de oficina ni los de tiendas grandes porque, aunque vivan en estas áreas, generalmente se consideran de clase media baja. Como este ensayo está relacionado con el cambio cultural en la clase obrera, no utilizaré criterios económicos para definirla. Mis indicadores serán el habla, en especial el cúmulo de frases de uso común, el estilo de habla, el uso de dialectos urbanos, el acento, la entonación. Tenemos, por ejemplo, la voz quebrada, pero cálida, de la cuarentona que escupe ligeramente a través de su nueva dentadura postiza. Muchos comediantes suelen imitarla para evocar a la mujer de buen corazón que ya no tiene ilusiones ni se queja del pasado. También tenemos esa voz ronca, tan característica de las chicas más vulgares de la clase obrera, que la gente pretenciosa del medio considera una voz “ordinaria”. Desafortunadamente, no me es posible proseguir este análisis de formas de habla, aunque sin duda sería deseable abocarse a ello.





La producción a gran escala de ropa barata ha reducido mucho la posibilidad de reconocer de inmediato la clase social a la que pertenece un individuo, aunque no tanto como muchos creen. Un grupo de gente que sale del cine el sábado por la noche podría parecer superficialmente homogéneo. Sin embargo, a los ojos de un experto de cualquier sexo, ya sea una mujer de clase media o un hombre especialmente preocupado por la ropa, esto bastaría para “ ubicar” inmediatamente a las personas en determinada clase social. Existen múltiples detalles que nos permiten distinguir, a partir de la experiencia cotidiana, a las personas de la clase obrera, tales como la costumbre de pagar en pequeños abonos mensuales, o el que todo obrero está registrado en la “lista de pacientes” del médico de la localidad. 

Tratar de aislar a la clase obrera, grosso modo, no implica que no exista gran número de diferencias, matices y distinciones de clase dentro del mismo grupo. De hecho, hay un amplio rango de posibilidades para catalogar a los demás. A lo largo de una misma calle hay complejas diferencias de categoría social y de “posición”; quizá una casa sea un poco mejor porque tiene la cocina separada, o porque está ubicada al final de la calle, o dispone de un pedacito de patio, o debido a que el alquiler es un poco más alto. También hay diferencias de grado entre los moradores; a esta familia le va bien porque el marido es un obrero calificado, y en su trabajo hay jerarquías muy rígidas; esa mujer es una excelente administradora, muy orgullosa de su casa, mientras que la de la casa de enfrente es sucia; esta familia ha vivido en Hunslet desde hace años y pertenece a la aristocracia del vecindario.

Hasta cierto punto, existe también una jerarquía por especialización en cualquier grupo de calles. Un hombre acaso tenga fama de “intelectual” porque posee una hilera de enciclopedias empastadas a la que siempre hace referencia, y que con gusto compartirá; otro es buen “escribiente”, por lo que ayuda a llenar las formas; otro más es particularmente “hábil de manos” para trabajar metal o madera, o para hacer reparaciones generales; esta mujer es experta en bordar, y se le puede contratar para ocasiones especiales. Sin embargo, estos servicios no se cobran, ya que se consideran servicios a la comunidad, más que profesionales, incluso en el caso de que esta persona desempeñe el trabajo por contrato en algún sitio. No obstante, este tipo de especialización está desapareciendo en los grandes centros urbanos de clase obrera que conocí cuando yo era niño. Un amigo que conoce bien los pequeña centros urbanos obreros de West Ridíng, como Keighley, Bingley y Heckmondwike, considera que estos hábitos persisten ahí. 

Es posible, por tanto, generalizar, sin que esto implique que toda la clase obrera coincide en actitudes o creencias respecto al matrimonio o la religión; por otra parte, no hay manera de analizar una cultura sino a través de ¡as constantes de la uniformidad. En la mayoría de los casos, los integrantes de la clase obrera reconocen que existe una manera correcta de comportarse, aunque se alejen de la norma. Es pues, la definición socialmente avalada de actitud lo que tomo por objeto de estudio a lo largo de este libro o. e interesado la mayoría que Loma la vida tal como viene: aquéllos a los que algunos líderes sindicales, al lamentar la falta de interés en su movimiento, llaman “la gran masa apática”; a quienes los compositores mencionan en sus canciones como “la gente sencilla”, y a quienes la propia clase obrera describe, más seriamente, como “la gente común y corriente”.

De lo anterior se desprende, por consiguiente, que prestaré menos atención a las minorías dentro de la clase obrera que no forman parte de lo “tradicional”, como serían las personas de carácter resuelto, politizadas y piadosas o con expectativas de mejorar socialmente. No pretendo subestimar su valor, pero generalmente los estímulos de los publicistas de masas no van dirigidos a este tipo de gente. Tampoco pretendo que la descripción que hago de las diferentes actitudes sea un perfil cabal de la vida obrera. Recalco aquellos elementos que son especialmente explotables (como dirían los publicistas). Así, ciertos rasgos comunes a la mayoría -la autoestima, el ser ahorrativo-, no tienen el mismo peso que otros, corno la tolerancia o la insistencia en pasarla bien mientras se pueda. La estricta división entre actitudes “nuevas” y vieja',' tiene el propósito fundamental de la claridad, aunque de ninguna manera indica una sucesión cronológica rígida. Por supuesto, elementos tan sutiles corno tu actitudes no se pueden atribuir a una generación o a un decenio. Lo que se conoce corno actitudes “viejas” contienen elementos que han existido desde hace mucho tiempo; de hecho, la visión de “la gente común” de cualquier generación y de cualquier lugar las incluye. Algunas han cambiado muy poco y se han transmitido de la Inglaterra rural a la urbana; otras se han dado corno parte de la urbanización. Sin embargo, al describir las actitudes viejas, me he basado principalmente en los recuerdos de mi infancia, ya que las viví en su punto más extremo con los adultos de aquel entonces. Esa generación creció en un medio urbano y entre muchas dificultades pero no experimentó en el transcurso de su juventud el asalto de los mensajes culturales transmitidos por la prensa, la radio, la televisión y los cines baratos. Pero estas actitudes “viejas” no se encuentran sólo entre los ancianos o la gente de edad madura: forman un telón de fondo en la vida de buena parte de la juventud. Me pregunto cuánto tiempo más seguirán siendo tan poderosas, y de qué manera se han ido modificando.





Además, muchas de las que se consideran las “nuevas pautas”, así como las actitudes que les son inherentes, ya se encontraban en esa generación previa, e incluso antes. De hecho, muchos de los valores que se resaltan como de la clase obrera tienen una profunda raigambre entre los trabajadores de la mayoría de los países de Europa. Mi argumento no es que hace una generación había en Inglaterra una cultura urbana “auténticamente popular”, que en la actualidad ha sido sustituida por una cultura urbana de masas, sino que los estímulos de quienes controlan los medios masivos de comunicación son ahora, por muchas razones, insistentes, eficaces, centralizados que antes; que estamos yendo hacia la creación de una cultura de masas; que los residuos de lo que era, por lo menos parcialmente, una cultura urbana popular, están siendo destruidos; y que la nueva cultura urbana de masas es en muchos aspectos menos sana que la cultura primitiva a la que intenta remplazar. 

No resulta muy fácil hacer la distinción entre actitudes nuevas y viejas; la utilizo por clara y útil, pero de ninguna manera, al referirme a actitudes viejas, quiero invocar ninguna tradición pastoril nebulosamente concebida, con el fin de ajustarla al presente. Es posible tener un antecedente cronológico más claro a partir de la historia de una familia y, en este caso, posiblemente la mía a tan ilustrativa como cualquier otra. Generalmente se acepta que, en Inglaterra, la pauta del desarrollo futuro se dio alrededor de 1830. Mi familia entró en este proceso un tanto tardíamente. Mi abuela se casó con un primo suyo; la familia era todavía rural, y vivía en un poblado que quedaba a unos veinte kilómetros de Leeds. Hacía 1870, mí abuela y su marido se mudaron a esa ciudad en expansión, a trabajaren las minas de acero de la zona sur. Ella se dedicó a criar una familia grande -nacieron diez, pero algunos se perdieron - en la extensa zona de nuevas construcciones de ladrillo de Hunslet. Lo mismo estaba sucediendo en el norte y en la región central de Inglaterra; la gente joven dejaba sus pueblos, y las ciudades comenzaron a  manchar la campiña con construcciones de baja calidad. No había suficientes servicios médicos, educativos ni sociales; las calles carecían de limpieza e iluminación adecuadas, y cada vez estaban más atestadas de familias cuya pauta de vida era en gran medida rural. Muchos morían jóvenes, como lo recordaba la placa que aún estaba en un patio de maniobras de la estación ferroviaria por la que pasaba yo todos los días para ir a la secundaria y que decía: “La tuberculosis cobró muchas víctimas.”

La generación de mis padres, tíos y tías, aún conservó algunas costumbres rurales, aunque más bien con cierto sello de nostalgia, de veneración por los padres que “sabían distinguir lo que debe de lo que no debe ser, aunque los demás digan lo contrarío”; pero no pasaba de ser una cuestión meramente simbólica- En realidad, formaban parte de la nueva generación, y ese mundo les ofrecía grandes ventajas: ropa y comida variada y barata, carne congelada por unos cuantos peniques el kilo, piñas enlatadas casi regaladas, dulces enlatados a bajísimo precio, pescado y papas fritas a la vuelta de la esquina. También había medios de transporte cómodos y asequibles, como los tranvías, y medicinas empacadas que podían conseguirse en cualquier tienda.

Esta segunda generación tuvo menos hijos y mayor presión de la organización de la vida urbana; sin embargo, se sentían contentos de que “los muchachos tuvieran más oportunidades en la vida, pero se preocupaban de que no pudieran terminar la escuela. “El muchacho” y “la muchacha” éramos mis primos, mis hermanos y yo. Desde que nacimos, hemos sido habitantes de las ciudades, de tranvía y autobús; hemos formado parte de la intrincada red de servicios sociales, cadenas de tiendas, cines, viajes al mar. Para nosotros, el campo no es nuestra casa; ni siquiera el lugar donde nuestros padres fueron sanamente criados. Constituye el campo una urdimbre lejana; un lugar que se visita de vez en cuando. (...)





















Tomado de:
HOGGART, Richard (1990): La cultura obrera en la sociedad de masas. Introducción. México, Grijalbo, 1990.